Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
imagen de internet
(Este dia la luna está haciendo estragos)
La luna ha perdido el embrujo de su piel,
ya no tiene las respuestas
a todos aquellos quebrantos que como poeta
le he conferenciado.
Su luminosidad viene apocada desde hace años.
Hoy, en el hoy de siempre,
sus respuestas entre líneas,
algo más allá que una escritura secreta,
se han mistificado.
Un cierto hermetismo en sus entrañas.
Algo está lejos de mí,
ya no consigo las palabras habituales,
encuentro en el diccionario palabras inconstantes
que se distraen,
van en dirección contraria a las olas
que tan sutilmente me llaman,
la luna no es tan contrastante.
En su reflejo los soles con su vanidad,
buscan congraciarse con mi tinta indefensa.
En una súplica mis palabras
quieren un tributo innecesario,
algo que no soy,
una miserable discreción del sentido romántico,
terco poeta
romántico, un destino de bibliotecas oscuras,
verso y prosas
que no tengo.
Ella es una enigmática que me roba la película.
La luna muere entre mis adobes,
entre la sangre que fluye,
en los libros del Quijote abandonado.
La simpatía que existe entre la parodia
de su escritura absurda y
la arrogancia de los molinos inciertos de la vida.
No es una blasfemia decir
que el objeto de la luna, despierta
miseria, fantasía, un mundo nuevo.
Como un niño aceptando con gratitud
su esplendor en la ventana.
El mundo de su reflejo en mis manos abiertas,
acariciando la piel
del día.
Tengo el temor de buscar en la calle
las respuestas correctas.
Nos estamos desfalleciendo despacio.
En el infinito las muertes nos succionan lentamente,
nos estamos
muriendo de infinita luna en el tiempo.
Nuestra agonía en la luz fortuita de la vida,
una casual luna que se desmaya
cada mañana para volver
esplendorosa entre la noche.
Entre mis contradicciones
tengo una rebelión manifiesta, un hijo
sin padre que recorre la oscuridad de la vida.
Eres tú un laberinto
del propio tiempo,
que como arena se va gastando
en su cristal de inocencia.
La gran nostalgia de los crepúsculos,
de todas aquellas
anchas lunas que me han golpeado.
Soy la luna en su festejo de cuerpos castigados.
Un indio de tez profunda
que esconde su propia luna.
La crisis que por odio voy atravesando,
aquellas soledades que me
han impuesto,
la luna de compañera me ha confesado
sus odios.
La extrema lejanía de los años,
encerrada en los portales, ensimismada,
perdiendo los códigos, los afanes, el miedo.
Luna poderosa que tiene su causa.
El misterio triste de una luna platónica.
Soy de paso en los neuróticos poetas
erráticos,
algo desajustados
con su geométrica espiritualidad que nunca
ha tenido.
Luna discutidora de los cafés servidos en la tierra,
en lo carnal de la luna,
en la filosofía de su romanticismo,
muere, a pesar de su brillo desconocido,
muere entre mis dedos, como una flor
ahogada de tantos besos anarquistas y
soliloquios desajustados.
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