Évano
Libre, sin dioses.
El alcalde de la aldea se fue de putas este fin de semana. Esto no sería grave si no se hubiera gastado el dinero que teníamos ahorrado para pagar los análisis del agua, los de todo el año. Seguramente echó dos o tres polvos, porque a cincuenta euros cada uno son ciento cincuenta, pongamos, y él sólo bebe vino del Bierzo que es bien barato, aunque hay que reconocer que treinta se los arrea. Eso sumaría unos cincuenta euros, por lo que debió penetrar tres veces en una mujer, o varias, que Paco cuando se anima se anima, aunque sea cada X años.
Pues es un problema grave; si no solucionamos el asunto, la Diputación (que no es la casa de putas, aquella se llama La Pascuala) vendrá y nos obligará a instalar contadores y a pagar cada dos o tres meses, como en el resto de España. Es decir: La Diputación se hará cargo del agua. Hasta ahora regamos gratis, guerreamos a cubazos con los de agosto, los céspedes de los patios están verdes que revientan...
Por ahora le dejamos dormir la resaca, pero Eustaquio ha ido a despertarlo porque ya es miércoles y esto fue el domingo.
Nos hemos reunido en la Plaza de la iglesia, por llamarla de alguna manera. Los diez, sentados en los bancos de piedra del descansillo, nos hemos estrujado la boina y dado cayadazos a lo que ronda o descansa por allí.
Al final, Paco, que es el causante del problema, tuvo una idea, es la siguiente: Como hace poco que han declarado reserva de la biosfera a la comarca de Omaña —ha empezado a decir con voz ronca y piernas tambaleantes— timaremos al resto de las aldeas. Se han oído los gritos, aplausos y garrotazos por los Cuatro Valles que conforman la comarca. No hay nada mejor y que satisfaga más que timar a los convecinos. Estamos entusiasmados con la idea.
El más joven es Julito, aunque sobrepasa la cincuentena, y es el único con edad para trabajar. Por lo tanto sólo él puede llevar a cabo el timo (de mí no se fían).
Vestido con el traje de los domingos encarama la cuesta que lleva a Andarraso, el poblado de la cumbre de nuestro valle. Va desmontado de la bicicleta porque esa cuesta, con puntos de más del treinta por ciento de desnivel, no la escala ni Induráin. Por las ingles, la frente y los sobacos le baja el sudor. La ropa de domingo es de pana gruesa, marrón, y un jersey de lana debajo, con las alas de la camisa al viento, que es como Dios manda. Lleva una carpeta con recibos muy bien hechos, de Papiro del bueno. Una vez arribe a Andarraso, dirá que es el recaudador del Sol para La Diputación, que para eso han declarado la reserva de la biosfera esta.
Esos cabrones están forraos —le ha dicho Paco—, sácales hasta el alma.
Y es verdad. Los de Andarraso cobran un dineral por tener en sus tierras siete molinos de viento enormes y todavía no han invitado ni a un chato de vino.
Estamos preocupados porque Julito no ha bajado aún y han pasado cuatro días. Es domingo y los domingos no se trabaja, y no se puede tardar tanto en cobrar un simple recibo del Sol, hemos deducido. Ninguno queremos subir a buscarlo para no desvelar el plan.
Ha pasado una semana y Julito llega por uno de los puentes que cruza uno de los dos ríos de aldea, el que une la nuestra con las del valle y las montañas de enfrente y más allá. Éste es el camino contrario al de Andarraso. Allí sólo se va cruzando nuestra calle principal. O sea, viene por el camino contrario. La cosa pinta mal, han dicho nuestras miradas entre sí.
Le tambalean las piernas y nos ha saludado desde lejos con la voz muy ronca. Los ojos le brillan como dos cascabeles en un desierto y trae una sonrisa de felicidad.
Cuando se ha curado de los garrotazos que le hemos dado, es decir, a la semana siguiente, nos ha dicho que se gastó los doscientos euros que le dieron; que fue monte a través hasta La Pascuala y se gastó en putas el dinero; que si Paco lo hizo por qué no va a poder él, que él tiene tanto derecho como cualquier alcalde, aunque sea un anarquista de esos. Algunos no lo han entendido, por lo que descansa en cama. Quizás esté bien la semana que viene.
Hemos de pensar otro plan si queremos tener el agua casi gratis. Si lo mandamos a otra aldea hará lo mismo, que es muy cabezón y de lengua larga cuando se chispa.
 
 
Pues es un problema grave; si no solucionamos el asunto, la Diputación (que no es la casa de putas, aquella se llama La Pascuala) vendrá y nos obligará a instalar contadores y a pagar cada dos o tres meses, como en el resto de España. Es decir: La Diputación se hará cargo del agua. Hasta ahora regamos gratis, guerreamos a cubazos con los de agosto, los céspedes de los patios están verdes que revientan...
Por ahora le dejamos dormir la resaca, pero Eustaquio ha ido a despertarlo porque ya es miércoles y esto fue el domingo.
Nos hemos reunido en la Plaza de la iglesia, por llamarla de alguna manera. Los diez, sentados en los bancos de piedra del descansillo, nos hemos estrujado la boina y dado cayadazos a lo que ronda o descansa por allí.
Al final, Paco, que es el causante del problema, tuvo una idea, es la siguiente: Como hace poco que han declarado reserva de la biosfera a la comarca de Omaña —ha empezado a decir con voz ronca y piernas tambaleantes— timaremos al resto de las aldeas. Se han oído los gritos, aplausos y garrotazos por los Cuatro Valles que conforman la comarca. No hay nada mejor y que satisfaga más que timar a los convecinos. Estamos entusiasmados con la idea.
El más joven es Julito, aunque sobrepasa la cincuentena, y es el único con edad para trabajar. Por lo tanto sólo él puede llevar a cabo el timo (de mí no se fían).
Vestido con el traje de los domingos encarama la cuesta que lleva a Andarraso, el poblado de la cumbre de nuestro valle. Va desmontado de la bicicleta porque esa cuesta, con puntos de más del treinta por ciento de desnivel, no la escala ni Induráin. Por las ingles, la frente y los sobacos le baja el sudor. La ropa de domingo es de pana gruesa, marrón, y un jersey de lana debajo, con las alas de la camisa al viento, que es como Dios manda. Lleva una carpeta con recibos muy bien hechos, de Papiro del bueno. Una vez arribe a Andarraso, dirá que es el recaudador del Sol para La Diputación, que para eso han declarado la reserva de la biosfera esta.
Esos cabrones están forraos —le ha dicho Paco—, sácales hasta el alma.
Y es verdad. Los de Andarraso cobran un dineral por tener en sus tierras siete molinos de viento enormes y todavía no han invitado ni a un chato de vino.
Estamos preocupados porque Julito no ha bajado aún y han pasado cuatro días. Es domingo y los domingos no se trabaja, y no se puede tardar tanto en cobrar un simple recibo del Sol, hemos deducido. Ninguno queremos subir a buscarlo para no desvelar el plan.
Ha pasado una semana y Julito llega por uno de los puentes que cruza uno de los dos ríos de aldea, el que une la nuestra con las del valle y las montañas de enfrente y más allá. Éste es el camino contrario al de Andarraso. Allí sólo se va cruzando nuestra calle principal. O sea, viene por el camino contrario. La cosa pinta mal, han dicho nuestras miradas entre sí.
Le tambalean las piernas y nos ha saludado desde lejos con la voz muy ronca. Los ojos le brillan como dos cascabeles en un desierto y trae una sonrisa de felicidad.
Cuando se ha curado de los garrotazos que le hemos dado, es decir, a la semana siguiente, nos ha dicho que se gastó los doscientos euros que le dieron; que fue monte a través hasta La Pascuala y se gastó en putas el dinero; que si Paco lo hizo por qué no va a poder él, que él tiene tanto derecho como cualquier alcalde, aunque sea un anarquista de esos. Algunos no lo han entendido, por lo que descansa en cama. Quizás esté bien la semana que viene.
Hemos de pensar otro plan si queremos tener el agua casi gratis. Si lo mandamos a otra aldea hará lo mismo, que es muy cabezón y de lengua larga cuando se chispa.
 
 
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