Robsalz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Fui el último de los gigantes
en caer aquella noche,
antes de mí todos fueron derrotados
todos habían merecido mejor suerte
mas no fue de ninguno.
Aquella noche oscura
todos sabíamos que la muerte nos esperaba
al otro lado del camino, detrás del bosque
que por siglos nos sirviera de casa,
de guarida y de alimento
para nuestros pueblos.
Si nos hubieras visto
habrías luchado con nosotros
hubieras sido cómplice de nuestro bando
nuestra guerra
porque todos luchábamos por justicia
pero era una buena lucha,
los más jóvenes de la aldea
atacaron de primero
más sus espadas no tenían el poder
ni la experiencia para luchar,
pero aún así fue inigualable la sensación
que dieron de orgullo
sin siquiera pensar en retirarse.
Todos fueron cayendo poco a poco
y uno a uno iban llevando
el nombre de sus tribus
a lo alto del paraíso,
ese lugar donde los dioses son todopoderosos,
y adonde cualquiera que muera con dignidad
puede llegar aunque parezca casi imposible
de poder lograrlo,
los guerreros nunca se rinden
siempre caminan hacia delante
sin pensar en el fracaso
porque el fracaso inicia luego de pensar en él.
Nosotros nunca pensamos en el fracaso
porque no creemos en él
y por eso ninguno escatimó esfuerzos
para avanzar en medio de la muerte
aún cuando sabemos
que cuando el viento del norte
ruge como un león en la noche solitaria
sus fauces se inclinan para devorar
todo lo que se pone a su paso.
Mis padres, mis hijos,
el gran amor de mi vida...
todos partieron
a la tierra de los dioses aquella noche.
Los que teníamos experiencia
aguantamos un poco más
de lo que muchos imaginaron,
pero aún así
nuestra sangre corrió por la pradera
formando un río que aún pide vía
cuando se topa con alguna piedra
en su camino.
Nuestro llanto fue lluvia en el desierto,
y nuestro cuerpo el alimento
de los hijos de La Tierra
que vieron caer el vuelo de las aves
que esa noche los guiaban por el mundo.
en caer aquella noche,
antes de mí todos fueron derrotados
todos habían merecido mejor suerte
mas no fue de ninguno.
Aquella noche oscura
todos sabíamos que la muerte nos esperaba
al otro lado del camino, detrás del bosque
que por siglos nos sirviera de casa,
de guarida y de alimento
para nuestros pueblos.
Si nos hubieras visto
habrías luchado con nosotros
hubieras sido cómplice de nuestro bando
nuestra guerra
porque todos luchábamos por justicia
pero era una buena lucha,
los más jóvenes de la aldea
atacaron de primero
más sus espadas no tenían el poder
ni la experiencia para luchar,
pero aún así fue inigualable la sensación
que dieron de orgullo
sin siquiera pensar en retirarse.
Todos fueron cayendo poco a poco
y uno a uno iban llevando
el nombre de sus tribus
a lo alto del paraíso,
ese lugar donde los dioses son todopoderosos,
y adonde cualquiera que muera con dignidad
puede llegar aunque parezca casi imposible
de poder lograrlo,
los guerreros nunca se rinden
siempre caminan hacia delante
sin pensar en el fracaso
porque el fracaso inicia luego de pensar en él.
Nosotros nunca pensamos en el fracaso
porque no creemos en él
y por eso ninguno escatimó esfuerzos
para avanzar en medio de la muerte
aún cuando sabemos
que cuando el viento del norte
ruge como un león en la noche solitaria
sus fauces se inclinan para devorar
todo lo que se pone a su paso.
Mis padres, mis hijos,
el gran amor de mi vida...
todos partieron
a la tierra de los dioses aquella noche.
Los que teníamos experiencia
aguantamos un poco más
de lo que muchos imaginaron,
pero aún así
nuestra sangre corrió por la pradera
formando un río que aún pide vía
cuando se topa con alguna piedra
en su camino.
Nuestro llanto fue lluvia en el desierto,
y nuestro cuerpo el alimento
de los hijos de La Tierra
que vieron caer el vuelo de las aves
que esa noche los guiaban por el mundo.