Sommbras
Poeta adicto al portal
.
Miraba constantemente el teléfono.
Vendía muchas pulseras por Internet.
Sus padres alzheimeraban.
Hacía las camas.
Limpiaba alfombras.
Servía el desayuno con pan caliente.
Alegre, soltaba carcajadas manzanizadas.
Subimos hacia un abismo sin fundamento,
donde el amor puede caer bajo del amor.
La flor de los faroles se volvía más larga
cuando el viento la amaba con su boca desnuda.
Desde sus labios, se podía escuchar
el hemistiquio de vida que llevaba dentro.
Entiendo que nuestro amor haya muerto.
Terminada la juventud,
se está a merced del miedo.
Astuta como el agua de un río,
se zurcía el corazón con pálidas canciones,
prefería el humilde regocijo de amar las botas,
el jamón,
los pepinillos,
la maldita paella,
las complicadas cebollas,
o jugar con los caracoles invocando a sus orishas.
Nuestro amor murió a raíz de una mirada equivocada,
donde pensamos en lunar otras mieles, los dos, quizá, yo solo.
Hoy en la mesa tenemos la comida chinesca
que he comprado,
y yo la miro comer, ella y yo, yo solo.
Luego la besuqueo reclamando lo bisiesto.
Porque, aunque ya no estamos juntos,
dejó su rastro en el beso de caminos
y desde el risco irredento del amor,
entendimos que no hay otra armonía que volver a soñar,
que fuimos hechos para telarañarnos palabras de piel,
tener un ángel que no tenga rostro ni boca,
y besarnos en la distancia.
...
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Jesús Soriano
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Miraba constantemente el teléfono.
Vendía muchas pulseras por Internet.
Sus padres alzheimeraban.
Hacía las camas.
Limpiaba alfombras.
Servía el desayuno con pan caliente.
Alegre, soltaba carcajadas manzanizadas.
Subimos hacia un abismo sin fundamento,
donde el amor puede caer bajo del amor.
La flor de los faroles se volvía más larga
cuando el viento la amaba con su boca desnuda.
Desde sus labios, se podía escuchar
el hemistiquio de vida que llevaba dentro.
Entiendo que nuestro amor haya muerto.
Terminada la juventud,
se está a merced del miedo.
Astuta como el agua de un río,
se zurcía el corazón con pálidas canciones,
prefería el humilde regocijo de amar las botas,
el jamón,
los pepinillos,
la maldita paella,
las complicadas cebollas,
o jugar con los caracoles invocando a sus orishas.
Nuestro amor murió a raíz de una mirada equivocada,
donde pensamos en lunar otras mieles, los dos, quizá, yo solo.
Hoy en la mesa tenemos la comida chinesca
que he comprado,
y yo la miro comer, ella y yo, yo solo.
Luego la besuqueo reclamando lo bisiesto.
Porque, aunque ya no estamos juntos,
dejó su rastro en el beso de caminos
y desde el risco irredento del amor,
entendimos que no hay otra armonía que volver a soñar,
que fuimos hechos para telarañarnos palabras de piel,
tener un ángel que no tenga rostro ni boca,
y besarnos en la distancia.
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Jesús Soriano
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