Manuel Avilés Mora
Pluma libre
Es mirarse a si mismo;
sondear los espacios abiertos del alma.
Poesía, -remembranzas del sentimiento
que cada poeta guarda con siete llaves-
es diluirse en la miel licuada por el calor
que provoca estar eternamente enamorado
de la melancolía y preso en las galeras eternas
a las que te condena la belleza.
Es adormecer el cuerpo, con el suave veneno
que sale de la pluma y que incita, cual prepucio
que atraviesa la fina gasa que forma el placer,
a que esparza esperma en forma de poemas
y engendre nueva vida en el blanco níveo
del antes desierto papel.
Poesía no es un lenguaje escrito.
Ni siquiera es nacido del pensamiento.
Las raíces del sentimiento poeta
no arraigan en aquél que vive pegado ala tierra;
su tierra no asfixia.
No sepulta.
No será nunca poeta aquél que solo llore
con los ojos irreales del cuerpo.
Sus lágrimas son más reales,
porque nacen de allí, de ese manantial que solo
los sensibles poseen.
Es levantar un monumento cada vez que escribe
el alma en forma de mano,
que como usando cinceles y finos bailarines,
va formando la cara de un poema atardecido
en la blanca noche del lienzo, ya impaciente,
que guardará para siempre
la bella escultura nacida de un sentimiento.
sondear los espacios abiertos del alma.
Poesía, -remembranzas del sentimiento
que cada poeta guarda con siete llaves-
es diluirse en la miel licuada por el calor
que provoca estar eternamente enamorado
de la melancolía y preso en las galeras eternas
a las que te condena la belleza.
Es adormecer el cuerpo, con el suave veneno
que sale de la pluma y que incita, cual prepucio
que atraviesa la fina gasa que forma el placer,
a que esparza esperma en forma de poemas
y engendre nueva vida en el blanco níveo
del antes desierto papel.
Poesía no es un lenguaje escrito.
Ni siquiera es nacido del pensamiento.
Las raíces del sentimiento poeta
no arraigan en aquél que vive pegado ala tierra;
su tierra no asfixia.
No sepulta.
No será nunca poeta aquél que solo llore
con los ojos irreales del cuerpo.
Sus lágrimas son más reales,
porque nacen de allí, de ese manantial que solo
los sensibles poseen.
Es levantar un monumento cada vez que escribe
el alma en forma de mano,
que como usando cinceles y finos bailarines,
va formando la cara de un poema atardecido
en la blanca noche del lienzo, ya impaciente,
que guardará para siempre
la bella escultura nacida de un sentimiento.