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El mausoleo

Mock'bird

Poeta recién llegado
Se me ocurren varias cosas. No muchas.

La marca que queda en la hoja de detrás de la que trazas una línea.​

El cieno adherido que resta de la pala apoyada en la losa.
Lo bello que resulta aquel lugar en el que cuesta respirar.​

‘’El cuento de cada día’´, dice mi voz por dentro, recordando
el seguido de palabras que se me dedicó una vez,
sólo una. Y la crucial pregunta:
¿Seguiré siendo yo destinatario de esos versos?.​

La importancia dada por mi parte a toda aquella gente al frente del floral.
Nula.
La claridad y el orgullo con los que afirmo, al fin, la conquista de una tierra.​

La enamorada a la que le dejaron catar el amor. Tuvo que ser ella, la deseada,
la que, con el tiempo, mostrara el envés de su cuerpo.
Asimilar queda, desde el pundonor, el cargo de admirador secreto.​

¿Y qué decir si todo ello aconteciera?
Único es el detalle por el que imploraré sin descanso
con la intención de hacerlo ilusorio. Cierto es, querré yacer en tranquilidad
y en el rodeo de las rosas sobre el que llorarán los presentes. Mas
en ausencia no quiero que se halle la que me diera la espalda.

Suplico por seguir oyendo tal estrofa, hasta después de poder oír.​

Y que la raya que entintes en el papel,
no sólo quede sellada en el pliego siguiente.​
 
Última edición:
interesante el cierre, un poema lleno de fragilidad, saludos
Se me ocurren varias cosas. No muchas.

La marca que queda en la hoja de detrás de la que trazas una línea.​

El cieno adherido que resta de la pala apoyada en la losa.
Lo bello que resulta aquel lugar en el que cuesta respirar.​

‘’El cuento de cada día’´, dice mi voz por dentro, recordando
el seguido de palabras que se me dedicó una vez,
sólo una. Y la crucial pregunta:
¿Seguiré siendo yo destinatario de esos versos?.​

La importancia dada por mi parte a toda aquella gente al frente del floral.
Nula.
La claridad y el orgullo con los que afirmo, al fin, la conquista de una tierra.​

La enamorada a la que le dejaron catar el amor. Tuvo que ser ella, la deseada,
la que, con el tiempo, mostrara el envés de su cuerpo.
Asimilar queda, desde el pundonor, el cargo de admirador secreto.​

¿Y qué decir si todo ello aconteciera?
Único es el detalle por el que imploraré sin descanso
con la intención de hacerlo ilusorio. Cierto es, querré yacer en tranquilidad
y en el rodeo de las rosas sobre el que llorarán los presentes. Mas
en ausencia no quiero que se halle la que me diera la espalda.

Suplico por seguir oyendo tal estrofa, hasta después de poder oír.​

Y que la raya que entintes en el papel,
no sólo quede sellada en el pliego siguiente.​
 

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