Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hogueras se encienden dentro de sus ojos,
al saber que me acerco en secreto,
ansiedad se prolonga desde su boca
al sentir mi seducción que recorre desde mi voz.
Sábanas ardiente se mojan en cada encuentro
y se elevan los perfumes hasta nublar la vista,
desenfreno se recoge en cada goce
anclando delirio y desfachatez.
El mar nos regala una canción arrulladora,
entre la arena blanca y la prohibida oscuridad
y risueño recita sus olas,
en cada beso que se deja caer en la orilla,
inundando de húmeda transpiración
entre el silencio y el quejido de la brisa.
Crucifixión se detiene cerca de nuestras cabezas
y desde el cielo se llueve un haz de sermón,
para caer severos los designios de la curia,
que se esmera en aparecer diáfana,
ante nuestros cuerpos desnudos,
que no tienen más disfraz,
que el de nuestra piel.
Desnudos, amantes desinhibidos nos reímos,
y nos mojamos el alma de placer,
al sabernos eternos ansiando volver,
a tocarnos en piel,
a marearnos en placer,
junto a la ambrosía de la embriaguez,
que se ha quedado a medio llena,
para acariciarla y beberla más allá de la oración...
al saber que me acerco en secreto,
ansiedad se prolonga desde su boca
al sentir mi seducción que recorre desde mi voz.
Sábanas ardiente se mojan en cada encuentro
y se elevan los perfumes hasta nublar la vista,
desenfreno se recoge en cada goce
anclando delirio y desfachatez.
El mar nos regala una canción arrulladora,
entre la arena blanca y la prohibida oscuridad
y risueño recita sus olas,
en cada beso que se deja caer en la orilla,
inundando de húmeda transpiración
entre el silencio y el quejido de la brisa.
Crucifixión se detiene cerca de nuestras cabezas
y desde el cielo se llueve un haz de sermón,
para caer severos los designios de la curia,
que se esmera en aparecer diáfana,
ante nuestros cuerpos desnudos,
que no tienen más disfraz,
que el de nuestra piel.
Desnudos, amantes desinhibidos nos reímos,
y nos mojamos el alma de placer,
al sabernos eternos ansiando volver,
a tocarnos en piel,
a marearnos en placer,
junto a la ambrosía de la embriaguez,
que se ha quedado a medio llena,
para acariciarla y beberla más allá de la oración...