Cuentista
Silencio, un cuento.
La niebla acariciaba mi cuerpo al adentrarme en aquel solemne mausoleo. Sus paredes de sólidas piedras eran tan añosas como los féretros que allí tumbaban. Tras de mí, cerré el portal de titánica nobleza y con el candil iluminé el lugar de infausto visionado. Esclavo de mis sentimientos, buscaba aquí la inspiración caída, para mis escritos y poemas de grises palabras.Ante mi figura, el ataúd más prístino del panteón alzó su tapa, y de él, un cadáver consumido de ropaje marfileño resurgió escarchando el aliento. Erraba de féretro en féretro peinando los desgreñados cabellos de todos aquellos difuntos cenceños. Mi presencia, percató a la aparición revivida que miró a mis ojos. Intenté regresar sobre los últimos pasos inútilmente, en un abismo de antesalas a cada cual más inmensa y aterradora. La sensación, era de estar enterrado vivo en este panteón sin claros ni ventanas. No se percibía sonido alguno en esta calma fibrosa e irritable, que invadía a la comprensión abarrotándola de monstruos y tarascas. Al extinguirse el último suspiro de luz, la última lumbre chispeante del prendido candil que portaba, un susurro que atrapó mis sentidos resonando en un eco glacial, pudo escucharse en la oscuridad que cegó mi vida:
— Solo los muertos... pueden oíme.
"Cuentista" 2014
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