Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
Siempre supe que los duendes existían. Mi primo mayor decía que eran puro cuento, por eso mismo estaba seguro de que eran bien reales.
Lo que nunca entendí es ese vínculo que los perros tenían con los pequeños personajes. Era para Navidad cuando más se notaba la inusual relación. Para esas fechas mi viejo Chow-chow se ponía más atento. Entre las calas y agapantos del jardín del fondo mantenía largos conciliábulos en los que no me premitía participar. Y eso que a ningún otro perro lo he coimeado con tantas galletitas como a ese.
Con los años me fui convenciendo de que se ponían de acuerdo para pasar las Fiestas en paz. Mi abuelo solía contarme que, en los Bajos Pirineos franceses, los perros llevaban a los duendes bajo la nieve espesa a través de kilómetros por la montaña para visitar a los niños buenos que estaban enfermos. A cambio de tan especial servicio, los seres mágicos concedían al animal una larga vida. En la aldea de Souraide hubo muchos perros pastores que vivieron más de veinte años. Yo lo quería mucho al abuelo vasco, pero la duda me lastimaba. Había duendes, pero eso de los milagros me parecía demasiado.
Mis amigos no eran de mucha ayuda. En cuanto empezaba a hablarles de duendes, preparaban las gomeras para tratar de cazar uno. Cómo acertarle a algo que no se puede ver.
A mis seis años, tremendo conflicto tenía una sola solución... crecer.
Y los años pasaron, el abuelo se fue para esa estrella que quería tanto. Yo terminé la escuela primaria, me llené de conocimientos científicos inútiles, me hice grande y tonto como mi primo, me olvidé de los duendes, de las hadas, de las montañas, de la nieve...
Pero el viejo Chow vivió veintitrés años.
Lo que nunca entendí es ese vínculo que los perros tenían con los pequeños personajes. Era para Navidad cuando más se notaba la inusual relación. Para esas fechas mi viejo Chow-chow se ponía más atento. Entre las calas y agapantos del jardín del fondo mantenía largos conciliábulos en los que no me premitía participar. Y eso que a ningún otro perro lo he coimeado con tantas galletitas como a ese.
Con los años me fui convenciendo de que se ponían de acuerdo para pasar las Fiestas en paz. Mi abuelo solía contarme que, en los Bajos Pirineos franceses, los perros llevaban a los duendes bajo la nieve espesa a través de kilómetros por la montaña para visitar a los niños buenos que estaban enfermos. A cambio de tan especial servicio, los seres mágicos concedían al animal una larga vida. En la aldea de Souraide hubo muchos perros pastores que vivieron más de veinte años. Yo lo quería mucho al abuelo vasco, pero la duda me lastimaba. Había duendes, pero eso de los milagros me parecía demasiado.
Mis amigos no eran de mucha ayuda. En cuanto empezaba a hablarles de duendes, preparaban las gomeras para tratar de cazar uno. Cómo acertarle a algo que no se puede ver.
A mis seis años, tremendo conflicto tenía una sola solución... crecer.
Y los años pasaron, el abuelo se fue para esa estrella que quería tanto. Yo terminé la escuela primaria, me llené de conocimientos científicos inútiles, me hice grande y tonto como mi primo, me olvidé de los duendes, de las hadas, de las montañas, de la nieve...
Pero el viejo Chow vivió veintitrés años.