La tasca con suelo de tierra prensada, bancos rústicos de madera vieja, las mesas hambrientas y gruesas, en las paredes desconchadas y mugrientas y percochadas horcas y cribas de las mies jubiladas, huele a sudor humilde y honrado, a vino agrio y a vinagre aguado.
Y en la mesa una botella de cristal trenzado, rodeada de vasos chatos, duros y arañados, todos de ámbar tintados y cada vaso con su campesino acompañado, y se ríen de su hambre y se jactan de su cansancio y se olvidan así de su maltrato.
Y en el palacio fragancias y perfumes exquisitos y mármoles brillantes e inmaculados y tapices de oro bordados y mantelería de paño, y cubertería de plata y copas de cristales de bohemia.
Pero todas esas exquisiteces y todos esos adornos no tapan ni esconden la pestilencia y la horrible descomposición de sus tiñosos dueños.
Y en la mesa una botella de cristal trenzado, rodeada de vasos chatos, duros y arañados, todos de ámbar tintados y cada vaso con su campesino acompañado, y se ríen de su hambre y se jactan de su cansancio y se olvidan así de su maltrato.
Y en el palacio fragancias y perfumes exquisitos y mármoles brillantes e inmaculados y tapices de oro bordados y mantelería de paño, y cubertería de plata y copas de cristales de bohemia.
Pero todas esas exquisiteces y todos esos adornos no tapan ni esconden la pestilencia y la horrible descomposición de sus tiñosos dueños.