Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
El tiempo.
Hoy yo muero más por tu ausencia.
Décadas han pasado y tus ojos no me olvidan.
Las calles aún retienen nuestras pisadas
y el olfato de aquel perro mendínguelo
nos retiene en la encrucijada del tiempo.
Yo sueño aquellos mares y su oleajes inmensos,
chamuscados trigales que plácidamente
se inclinan al viento placentero de los años.
Marchitas las hojas de nuestras vidas,
tu aún retienes la agudeza de la juventud
entre las arrugas acariciantes de tu cuerpo,
y yo sostengo lo inevitable con el ardor de mis ojos.
Aquellos ríos confluyentes que éramos tú y yo,
el pensar vivo y agudo de mi cerebro de hiedra
y tu sonrisa calmante para la fiebre de mi cuerpo.
Sí, un nuevo año nos obliga a mirar atrás y ver las sombras,
leer nuevamente la poesía atropellada por los espasmos,
mirar el ombligo oblicuo y su equidistante distancia
de lo más sagrado que tú tienes: tu amor inmenso.
Sentado, aquí, recogiendo estos sueños, hilachas de deseo,
las huellas de los caminos que anduvimos juntos,
el sudor escurridizo por nuestras espaldas pulidas,
cada gota de lágrima, saliva del alma,
cada palpitar sentido en nuestras manos,
y la angurria de besarte toda, toda, hasta siempre.
Hoy yo muero más por tu ausencia.
Décadas han pasado y tus ojos no me olvidan.
Las calles aún retienen nuestras pisadas
y el olfato de aquel perro mendínguelo
nos retiene en la encrucijada del tiempo.
Yo sueño aquellos mares y su oleajes inmensos,
chamuscados trigales que plácidamente
se inclinan al viento placentero de los años.
Marchitas las hojas de nuestras vidas,
tu aún retienes la agudeza de la juventud
entre las arrugas acariciantes de tu cuerpo,
y yo sostengo lo inevitable con el ardor de mis ojos.
Aquellos ríos confluyentes que éramos tú y yo,
el pensar vivo y agudo de mi cerebro de hiedra
y tu sonrisa calmante para la fiebre de mi cuerpo.
Sí, un nuevo año nos obliga a mirar atrás y ver las sombras,
leer nuevamente la poesía atropellada por los espasmos,
mirar el ombligo oblicuo y su equidistante distancia
de lo más sagrado que tú tienes: tu amor inmenso.
Sentado, aquí, recogiendo estos sueños, hilachas de deseo,
las huellas de los caminos que anduvimos juntos,
el sudor escurridizo por nuestras espaldas pulidas,
cada gota de lágrima, saliva del alma,
cada palpitar sentido en nuestras manos,
y la angurria de besarte toda, toda, hasta siempre.