CriisBelen
Poeta adicto al portal
El tiempo sigue transcurriendo inexorable y ya no son días ni meses los que han pasado desde su partida, ahora son años los que tristemente avanzan arrastrando su recuerdo. No sé por qué no puedo alzar el vuelo, fundirme con el viento y así irme lejos, lejos de él. No sé por qué mi corazón sigue latiendo cuando veo sus fotografías o por qué aun me muerdo los labios cuando escucho su nombre. No sé por qué sigo soñando con sus besos y por qué cuando me levanto es mi primer pensamiento. Y peor aún, no sé por qué aun duele tanto abrir el baúl de los recuerdos si ya no hay nada dentro.
Hace ya un año que vacié ese baúl, pero de nada sirvió pues al parecer sus cartas y obsequios se me quedaron grabados. Pensé que una vez que fuego y mentiras se unieran, allí se quedarían, pero me equivoqué como nunca, me equivoqué como siempre. Recuerdo como solía guardarlas y ordenarlas, por tamaño, por fecha, por cantidad de falsas promesas. No olvido la primera, ni la última, ni la pequeña, ni la que escribió con lápiz, ni la que arrancó de un cuaderno, mucho menos la que arrugó con sus dedos, no olvido la que le tomó más tiempo, ni la que estaba en otro idioma, ni la que me entregó llorando, ni la que olvido en mi mesa. No olvido nada de eso.
Qué difícil es tener aun presente cada una de sus palabras, pues incluso con algo de gracia recuerdo hasta sus faltas ortográficas. Y es que éramos niños cuando me escribía, dos niños enamorados que se juraban amor eterno, que prometían casarse y vivir juntos. Éramos dos niños que se mentían. Quien diría que ahora que hemos crecido esas mentiras pesarían tanto. Con el pasar de los años sus cartas fueron acortándose, fueron perdiendo credibilidad. Con el pasar de los años él fue olvidando y yo fui recordando más.
No importa que haya quemado sus cartas, no importa que él haya perdido las mías. No importa ni siquiera que no nos hablemos ni nos veamos, pues su alma y la mía siempre tendrán algo en común: jamás podrán olvidar el amor que algún día compartieron. No importa que el baúl de recuerdos ya no esté lleno, no importa que siga pasando el tiempo. Aunque ahora seamos extraños, algún día nos encontraremos de nuevo.
Hace ya un año que vacié ese baúl, pero de nada sirvió pues al parecer sus cartas y obsequios se me quedaron grabados. Pensé que una vez que fuego y mentiras se unieran, allí se quedarían, pero me equivoqué como nunca, me equivoqué como siempre. Recuerdo como solía guardarlas y ordenarlas, por tamaño, por fecha, por cantidad de falsas promesas. No olvido la primera, ni la última, ni la pequeña, ni la que escribió con lápiz, ni la que arrancó de un cuaderno, mucho menos la que arrugó con sus dedos, no olvido la que le tomó más tiempo, ni la que estaba en otro idioma, ni la que me entregó llorando, ni la que olvido en mi mesa. No olvido nada de eso.
Qué difícil es tener aun presente cada una de sus palabras, pues incluso con algo de gracia recuerdo hasta sus faltas ortográficas. Y es que éramos niños cuando me escribía, dos niños enamorados que se juraban amor eterno, que prometían casarse y vivir juntos. Éramos dos niños que se mentían. Quien diría que ahora que hemos crecido esas mentiras pesarían tanto. Con el pasar de los años sus cartas fueron acortándose, fueron perdiendo credibilidad. Con el pasar de los años él fue olvidando y yo fui recordando más.
No importa que haya quemado sus cartas, no importa que él haya perdido las mías. No importa ni siquiera que no nos hablemos ni nos veamos, pues su alma y la mía siempre tendrán algo en común: jamás podrán olvidar el amor que algún día compartieron. No importa que el baúl de recuerdos ya no esté lleno, no importa que siga pasando el tiempo. Aunque ahora seamos extraños, algún día nos encontraremos de nuevo.