Aisha Baranowska
Poeta que considera el portal su segunda casa
Él le ordenó que se muriera... En ese instante, ella se arrodilló, tomó un cuchillo de la mesa donde acababa de cortar carne para prepararle la comida que a Él más le gustaba, y sin pensarlo dos veces, se lo clavó en el pecho mientras que en su interior danzaban las cien mariposas en un profundo éxtasis del amor y deseo, y una ardiente necesidad de servirle a su Dueño y complacerlo de lo mejor que podía... Nunca le perdonó su Amo y Señor aquello que tomó como una ofensa imborrable, y decidió que ella no merecía estar viva para agradarlo y satisfacer sus caprichos, algo que ella necesitaba como aire para respirar, como agua para calmar la sed de ser completamente suya, en todos los aspectos de la vida. En cualquier forma. Capaz de todo con tal de que Él esté feliz... Pues, quiso justo que ella no existiese, que se muriese, diciendo, entre otras cosas, que si pudiera, la haría desaparecer hace tiempo... Pero por alguna razón no lo ha hecho. Incluso dijo que un día va a hablar mal de ella ante todo el mundo, y siguió humillándola y amenazando con abandonarla, como siempre lo hacía...
Pero a ella, palabras normalmente hirientes y malas, en su boca sonaban a caricias que recibía con fuego de la infinita y gran devoción, entregando su cabeza al verdugo, encontrando placer en dolor y belleza en la sumisión y humildad ante el Hombre al que llamaba Dueño de ella... Sintiéndose tan suya, quería solamente cumplir su voluntad... Para ella, el peor de los castigos era no poder servirle a su Amado...
De hecho, cogió la navaja y se apuñaló ferozmente el corazón que aún latía mientras se desangraba... Él estaba mirándola, sentado en un sillón viejo, con una copa y una botella ahora vacías, y así como lo dijo, no pensaba detenerla... Al contrario, disfrutaba ver su dolor y su muerte prematura, cuando arrodillada a sus pies, poco a poco se marchitaba delante de Él, y sus ojos sumisos, tan azules como la madrugada, a paso lento perdían su brillo mientras miraban dulcemente hacia su Señor, totalmente rendidos y profundos, diciéndole que su sierva lo ama y muere llena de adoración por aquél que le está ordenando morirse...
El Amo la seguía observando sin la más mínima conmoción, sin rastros de emoción alguna en su hermosa cara... En un cierto momento, un grito de la moribunda rompió el silencio de la mañana...
- ¡Oh, mi Señor...! - estas palabras fueron sus últimas, mientras miraba aquellas pupilas negras de su Dueño, inmisericordes y frías, que a ella, le enloquecían de amor, igual que sus palabras y sus humillaciones, igual que su ira, porque Él siempre era bueno, incluso cuando era malo... Ella lo sabía...
[07/02/2015]