Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
LA ESCULTURA.
Le erigió un altar en mitad de un desierto de voces, acaparó la arena que sus pies acariciaban cabalgando las dunas de su cintura. De saliva y labios amasó su fisonomía como escultor de lo propio y de lo ajeno; le dibujó un semblante, le borró la tristeza que simulaban los postreros trazos y la colocó en el centro de su vista cansada.
Sus plegarias rozaron la escultural presencia, se instalaron entre las tonalidades y el idílico marco que aceptó contenerlas; rezó sin voz, gritó de oído y escuchó los ecos de su creación. Buscó la soledad como única confidente, como testigo ciego de un espejismo tan real como incomprendido.
Fue la obra maestra de aquel alumno aventajado; de aquel alumno que hoy es esclavo de su propia creación.
Le erigió un altar en mitad de un desierto de voces, acaparó la arena que sus pies acariciaban cabalgando las dunas de su cintura. De saliva y labios amasó su fisonomía como escultor de lo propio y de lo ajeno; le dibujó un semblante, le borró la tristeza que simulaban los postreros trazos y la colocó en el centro de su vista cansada.
Sus plegarias rozaron la escultural presencia, se instalaron entre las tonalidades y el idílico marco que aceptó contenerlas; rezó sin voz, gritó de oído y escuchó los ecos de su creación. Buscó la soledad como única confidente, como testigo ciego de un espejismo tan real como incomprendido.
Fue la obra maestra de aquel alumno aventajado; de aquel alumno que hoy es esclavo de su propia creación.
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