la musica en los balcones
Poeta recién llegado
No me gusta tomar el café en taza, y mucho menos en esa que me ofrecía la chica holandesa que hacia las tardes de cinco a siete para arrimarle unos euros a su beca Erasmus, pero esas cuatro jardineras de debajo de la ventana me invitaron nada mas verlas, son altas, blancas, de piedra porosa, rociadas de un manto de cortezas de color nogal que le tamiza la superficie como un improvisado lienzo rectangular, por donde asoman elegantes, los verdes tallos de unos geranios rojos, lilas y naranjas, están delicadamente colocadas, robándole un bocado de asfalto a la acera, formando un pequeño oasis de apenas dos metros cuadrados, en donde sólo hay espacio para esta coqueta mesa redonda de forja blanca, con dos sillas a juego, en donde una vacía, la del cojin amarillo, te echa de menos, y en la otra, tomando el sol y un cortado, me aislo como colgado de un balcón sobre la calle que pasa, y aquí estoy, callado, meditando ensimismado, dubitativo, sin saber que hacer, si perseguir desesperado las heridas de tu piel o quedarme aquí esperando hasta verte aparecer, o tal vez deba marcharme, muchacha de ojos tristes, y mirar para otro lado si te vuelvo a ver.