Évano
Libre, sin dioses.
Te has regalado al panadero del barrio,
a los pasteles y dulces que lucen en el centro del pueblo.
Lo cambiaste por un dandi de traje y gomina.
Cada día paso por las grandes vidrieras;
allí, todavía, camino en equilibrio por lo alto
de la valla de la hora del recreo del colegio.
Aún pequeños, mis pies más anchos
que la cimbreante valla de rejas
que los niños risueños zarandeaban.
Sigo abriendo el equilibrio de mis brazos,
como señales de un avión estático
intentando arribar hasta tus ojos.
Todavía me duele la muñeca rota,
y las risas de aquellos reos voluntarios.
Quería mostrar tu cárcel,
el más allá de los árboles,
allí donde las horas no eran clavos
sujetando un futuro impredecible.
Tras los cristales, tus negras ojeras mastican ahora
trozos de un alma que levita
conmigo en lo alto de la valla del colegio,
siguen las señales de los brazos
en los reflejos de lo vidrios de tu tienda.
El mismo niño encaramado a lo rebelde.
Más allá del patio del colegio
los árboles mordían al viento;
más allá de los dulces de tu tienda,
hay manos y cuerpos esperando,
y unos labios deseosos de grito y libertad;
Más allá, espera el eléctrico pulso
de un corazón enamorado,
pulmones llenos de rosas y espinas,
y un frío inmenso, y solo los abrazos.
Más allá, las caricias y heridas de la vida,
y lo incierto de construir cada día
un mañana impredecible y mágico.
Quizás te sacie un momento los dulces que vendes,
quizás estés vendiendo
trozo a trozo tu dulce alma,
la misma que todavía levita junto a mí
en lo alto de aquella valla del recreo del colegio;
la misma que mantenía mi equilibrio,
el que grabaste para siempre con un beso y una firma
en la escayola de una muñeca rota.
a los pasteles y dulces que lucen en el centro del pueblo.
Lo cambiaste por un dandi de traje y gomina.
Cada día paso por las grandes vidrieras;
allí, todavía, camino en equilibrio por lo alto
de la valla de la hora del recreo del colegio.
Aún pequeños, mis pies más anchos
que la cimbreante valla de rejas
que los niños risueños zarandeaban.
Sigo abriendo el equilibrio de mis brazos,
como señales de un avión estático
intentando arribar hasta tus ojos.
Todavía me duele la muñeca rota,
y las risas de aquellos reos voluntarios.
Quería mostrar tu cárcel,
el más allá de los árboles,
allí donde las horas no eran clavos
sujetando un futuro impredecible.
Tras los cristales, tus negras ojeras mastican ahora
trozos de un alma que levita
conmigo en lo alto de la valla del colegio,
siguen las señales de los brazos
en los reflejos de lo vidrios de tu tienda.
El mismo niño encaramado a lo rebelde.
Más allá del patio del colegio
los árboles mordían al viento;
más allá de los dulces de tu tienda,
hay manos y cuerpos esperando,
y unos labios deseosos de grito y libertad;
Más allá, espera el eléctrico pulso
de un corazón enamorado,
pulmones llenos de rosas y espinas,
y un frío inmenso, y solo los abrazos.
Más allá, las caricias y heridas de la vida,
y lo incierto de construir cada día
un mañana impredecible y mágico.
Quizás te sacie un momento los dulces que vendes,
quizás estés vendiendo
trozo a trozo tu dulce alma,
la misma que todavía levita junto a mí
en lo alto de aquella valla del recreo del colegio;
la misma que mantenía mi equilibrio,
el que grabaste para siempre con un beso y una firma
en la escayola de una muñeca rota.
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