OLVIDADOS LOS PRESAGIOS

XANA

Poeta fiel al portal
Quisiera, olvidados los presagios,
atarme a la vida por entero,
engancharme a la infinita angostura
de lo eterno en esa comunión de la luz
con el esquivo dios de los ocasos;
allí donde, tras los muros,
no hay patria ni grande ni pequeña,
allí donde el tiempo no existe
como moneda de cambio.
Porque nos vestimos a ciegas
y bajo el lecho guardamos el sudario,
porque en el fin buscamos,
sin hallarla, la pregunta a tanta
invocada respuesta como algebraica
y magistral fórmula del origen
de esa arcana luz que nos devora;
y cuando ya es tarde, y todo se demora,
el hormigueo de la sangre nos ahoga
y nos desborda como un río
que se saliera de su cauce.
Porque crecimos como niños
siendo, apenas, nuestros propios padres,
guiados por el peso de la turba,
amamantándonos en el seno de la noche,
saltando cada día la alambrada
que se ubica entre el crepúsculo y el alba.
Mientras intentamos borrarle al tiempo
la memoria, hacemos del instinto
nuestra enseña y, en tanto aún humea
la batalla, sacamos a nuestros muertos
de las tumbas, revelándose la muerte
como último y definitivo desengaño.
 
Hermosos versos que emocionan y conmueven.




Quisiera, olvidados los presagios,
atarme a la vida por entero,
engancharme a la infinita angostura
de lo eterno en esa comunión de la luz
con el esquivo dios de los ocasos;
allí donde, tras los muros,
no hay patria ni grande ni pequeña,
allí donde el tiempo no existe
como moneda de cambio.
Porque nos vestimos a ciegas
y bajo el lecho guardamos el sudario,
porque en el fin buscamos,
sin hallarla, la pregunta a tanta
invocada respuesta como algebraica
y magistral fórmula del origen
de esa arcana luz que nos devora;
y cuando ya es tarde, y todo se demora,
el hormigueo de la sangre nos ahoga
y nos desborda como un río
que se saliera de su cauce.
Porque crecimos como niños
siendo, apenas, nuestros propios padres,
guiados por el peso de la turba,
amamantándonos en el seno de la noche,
saltando cada día la alambrada
que se ubica entre el crepúsculo y el alba.
Mientras intentamos borrarle al tiempo
la memoria, hacemos del instinto
nuestra enseña y, en tanto aún humea
la batalla, sacamos a nuestros muertos
de las tumbas, revelándose la muerte
como último y definitivo desengaño.
 

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