prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mi mujer se oscurecía en el purgatorio de mieles.
Llegaban ángeles en la madrugada
hacían fila frente a la ventana entreabierta,
me preguntaban por té,
mi mujer se tambaleaba para la cocina dejando en el piso una mancha negra,
un cordón de sombras que no podían coagular,
has tenido suerte, me decían, es muy dócil,
y tomábamos té y conversábamos sobre un antídoto de nubes.
Mi mujer ensordecía por causa divina,
la risa estridente de los ángeles se le hacia insoportable,
su refugio era borrar las ventanas del recuerdo,
a veces cuando ellos se iban me susurraba
cuando te pregunten por té diles que no hay
y ahora cúbreme con esa piel de bisonte, antes de que vuelvan.
Llegaban con frío, y en bandada, los ángeles.
Mi mujer se cristalizaba frente a la ventana oval.
Hoy me recorre su imagen ennegrecida
mirando a la tierra que regurgitaba todos los calendarios,
sobre el seno de mi mujer aparecían letras y lenguas de profeta,
era la muerte inminente de la oruga de lo impredecible
una parte de su iris, y en la otra llegaban los ángeles con frío, y en bandada.
Qué es lo que tanto miras, le preguntaba
mientras su vértebra de locura se dislocaba de la mía,
qué es lo que tanto miras, preguntaban los ángeles
con más frío,
ella miraba por la ventana oval
cómo los jueces bajaban de sus limusinas con azúcar en los puños
y golpeaban la yegua de hierro,
una escultura de mierda, decían.
El sol iba reconociendo a los muertos,
los muertos atraían la luz.
Llegaban ángeles en la madrugada
hacían fila frente a la ventana entreabierta,
me preguntaban por té,
mi mujer se tambaleaba para la cocina dejando en el piso una mancha negra,
un cordón de sombras que no podían coagular,
has tenido suerte, me decían, es muy dócil,
y tomábamos té y conversábamos sobre un antídoto de nubes.
Mi mujer ensordecía por causa divina,
la risa estridente de los ángeles se le hacia insoportable,
su refugio era borrar las ventanas del recuerdo,
a veces cuando ellos se iban me susurraba
cuando te pregunten por té diles que no hay
y ahora cúbreme con esa piel de bisonte, antes de que vuelvan.
Llegaban con frío, y en bandada, los ángeles.
Mi mujer se cristalizaba frente a la ventana oval.
Hoy me recorre su imagen ennegrecida
mirando a la tierra que regurgitaba todos los calendarios,
sobre el seno de mi mujer aparecían letras y lenguas de profeta,
era la muerte inminente de la oruga de lo impredecible
una parte de su iris, y en la otra llegaban los ángeles con frío, y en bandada.
Qué es lo que tanto miras, le preguntaba
mientras su vértebra de locura se dislocaba de la mía,
qué es lo que tanto miras, preguntaban los ángeles
con más frío,
ella miraba por la ventana oval
cómo los jueces bajaban de sus limusinas con azúcar en los puños
y golpeaban la yegua de hierro,
una escultura de mierda, decían.
El sol iba reconociendo a los muertos,
los muertos atraían la luz.