Anne_
I killed Bukowski.
Cuando era niña, quería crecer como la gente grande,
ahora me doy cuenta de que la gente grande...
Jamás creció.
¿Quién brilla dentro de mi cabeza?
¿Quién mordisquea los alfabetos de mi memoria,
y toda la fauna de mis uñas?
No nos hemos destazado lo suficiente aún,
pienso que falta desollar
a toda la gente gorda feliz
que tiene millones de amigos delgados
y sabe de maquillaje.
No me siento mal, mi problema son los traslados,
cuando me convierto en un peluche,
cuando vuelva a ser una zapatilla,
cuando ya ni siquiera pueda parecer
los decadentes aromas del seol,
algunos dicen que la vida
es xilófonos campaneando
sobre el amanecer,
yo sólo veo gente débil
culpando a la manipulación.
Siento como si la noche fuese
pequeños calamares ortopédicos
nadando sobre las explosiones de mi cabello,
estrellándose contra el espejo
y traumatizando los reflejos de la luna hervida
bajando por las rendijas de las tuberías
que la vecina de arriba no repara en reparar.
El ordenador me pide actualizar al Windows 10,
y yo estoy de pie en el centro de la habitación,
bañada en lobos blancos y hormigueos en la cabeza,
antes era los abismos de la galaxia,
antes era las cucarachas arquitectónicas
bailando en acordes menores,
no hay más tiempo, refugios,
no hay más tiempo, estrellas,
no hay más tiempo,
desgarros gargantales, osos de aluminio,
he intentado soslayar los almanaques,
exordiar los finales,
pero ahora sólo tengo esta espada mordida
y un montón de escritos
que comentan sin entender
alguna maldita palabra, y con todo esto, corro,
corro entre plásticos existencialistas,
entre bohemios arrechos,
entre figuras calvas sin boca
haciéndose agujeros en el rostro
para poder gritar, que no hay más tiempo,
que la gente nunca tuvo a bien entender
que ya no hay nada que entender,
que podemos fabricar bombas
con cerillos y una pelota de tenis,
que esta sangre, mi sangre, ahora ya no es mía,
ni los ojos que expando al universo
tratando de desinflarme,
tratando de compungirme y no ahogarme
los domingos cuando el gato me despierta
para pedir comida y yo…
Y yo yazco sentada en las pestañas de la galaxia,
balanceándome al ritmo del infierno,
cubierta de algas negras, mientras veo descender
entre tipografías de fuego, los escombros de mi niñez,
las agujas y los aullidos de los muertos,
y los diciembres,
y los perros,
y los reproductores,
y el otoño en almibar, y el otoño en cuarzo,
y el otoño en barras de aire, y el otoño en leche descremada,
y los apagones,
y la gente que va a misa,
y los militares,
y las cajas de cartón,
y la anorexia,
y la bulimia,
y la gente joven y la gente enjovenecida,
y las madrugadas,
y las ollas eléctricas,
y los tabuladores,
y los poemas de amor,
y la gente triste,
y las ventanas,
y los helados,
y los zapatos rotos,
y la heroína,
y los cheques sin fondo,
y los cítricos,
y los dientes,,
y los autos,
y los espantapájaros,
y los códigos de barra,
y los derechos,
y la plenitud,
y los hijos,
y los selfies,
y la posteridad…
La posteridad.
ahora me doy cuenta de que la gente grande...
Jamás creció.
¿Quién brilla dentro de mi cabeza?
¿Quién mordisquea los alfabetos de mi memoria,
y toda la fauna de mis uñas?
No nos hemos destazado lo suficiente aún,
pienso que falta desollar
a toda la gente gorda feliz
que tiene millones de amigos delgados
y sabe de maquillaje.
No me siento mal, mi problema son los traslados,
cuando me convierto en un peluche,
cuando vuelva a ser una zapatilla,
cuando ya ni siquiera pueda parecer
los decadentes aromas del seol,
algunos dicen que la vida
es xilófonos campaneando
sobre el amanecer,
yo sólo veo gente débil
culpando a la manipulación.
Siento como si la noche fuese
pequeños calamares ortopédicos
nadando sobre las explosiones de mi cabello,
estrellándose contra el espejo
y traumatizando los reflejos de la luna hervida
bajando por las rendijas de las tuberías
que la vecina de arriba no repara en reparar.
El ordenador me pide actualizar al Windows 10,
y yo estoy de pie en el centro de la habitación,
bañada en lobos blancos y hormigueos en la cabeza,
antes era los abismos de la galaxia,
antes era las cucarachas arquitectónicas
bailando en acordes menores,
no hay más tiempo, refugios,
no hay más tiempo, estrellas,
no hay más tiempo,
desgarros gargantales, osos de aluminio,
he intentado soslayar los almanaques,
exordiar los finales,
pero ahora sólo tengo esta espada mordida
y un montón de escritos
que comentan sin entender
alguna maldita palabra, y con todo esto, corro,
corro entre plásticos existencialistas,
entre bohemios arrechos,
entre figuras calvas sin boca
haciéndose agujeros en el rostro
para poder gritar, que no hay más tiempo,
que la gente nunca tuvo a bien entender
que ya no hay nada que entender,
que podemos fabricar bombas
con cerillos y una pelota de tenis,
que esta sangre, mi sangre, ahora ya no es mía,
ni los ojos que expando al universo
tratando de desinflarme,
tratando de compungirme y no ahogarme
los domingos cuando el gato me despierta
para pedir comida y yo…
Y yo yazco sentada en las pestañas de la galaxia,
balanceándome al ritmo del infierno,
cubierta de algas negras, mientras veo descender
entre tipografías de fuego, los escombros de mi niñez,
las agujas y los aullidos de los muertos,
y los diciembres,
y los perros,
y los reproductores,
y el otoño en almibar, y el otoño en cuarzo,
y el otoño en barras de aire, y el otoño en leche descremada,
y los apagones,
y la gente que va a misa,
y los militares,
y las cajas de cartón,
y la anorexia,
y la bulimia,
y la gente joven y la gente enjovenecida,
y las madrugadas,
y las ollas eléctricas,
y los tabuladores,
y los poemas de amor,
y la gente triste,
y las ventanas,
y los helados,
y los zapatos rotos,
y la heroína,
y los cheques sin fondo,
y los cítricos,
y los dientes,,
y los autos,
y los espantapájaros,
y los códigos de barra,
y los derechos,
y la plenitud,
y los hijos,
y los selfies,
y la posteridad…
La posteridad.