Enrique Romero
Poeta recién llegado
Jamás he dicho cuánto amé tu sonrisa,
aquella estela por la cual sangraba
e infinitas estrellas fenecían;
sí, aquella sonrisa, celadora mística.
Tu sonrisa elevaba los amaneceres
como sol que en su resplandor
irradia el paraíso de Dios
y la esperanza de los ojos nocturnos.
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Pero ya son doce noches en vela.
Lloro porque los amaneceres perecen
para olvidar el rencor, las estelas,
que dejaste un día con falsas promesas.
Quién ahora, quién devorador de sombras
quién es el angustioso y ridículo dibujo
de un azar invernal, una suerte sin sentido.
El corazón desespera, prueba del ciego
cansado, prueba de los días cansados,
cansados de odiar de tu sonrisa su ausencia.
Llena el alma de esperanza incinerada.
Quebrado como tu designio lo quiso.
No hay salida, ni hay valor.
Pues hoy amaneció,
y es de noche sin embargo.
aquella estela por la cual sangraba
e infinitas estrellas fenecían;
sí, aquella sonrisa, celadora mística.
Tu sonrisa elevaba los amaneceres
como sol que en su resplandor
irradia el paraíso de Dios
y la esperanza de los ojos nocturnos.
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Pero ya son doce noches en vela.
Lloro porque los amaneceres perecen
para olvidar el rencor, las estelas,
que dejaste un día con falsas promesas.
Quién ahora, quién devorador de sombras
quién es el angustioso y ridículo dibujo
de un azar invernal, una suerte sin sentido.
El corazón desespera, prueba del ciego
cansado, prueba de los días cansados,
cansados de odiar de tu sonrisa su ausencia.
Llena el alma de esperanza incinerada.
Quebrado como tu designio lo quiso.
No hay salida, ni hay valor.
Pues hoy amaneció,
y es de noche sin embargo.
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