Era Rogelio un hombre,
cabal y honrado,
que en nada se destacaba
de otro ciudadano.
Tenía un taller de carpintería
con el que a su familia mantenía.
El alcalde de su pueblo,
arrogante y orgulloso,
Quería tener un palacio
en lugar de un consistorio.
Le encargó arreglos varios,
muebles último modelo
que cuadraran,
según se apercibía,
con su enorme
y soberbio ego.
“No te preocupes, Rogelio.
Aquí tienes un gran negocio.
Verás como tu nombre
se hace pronto famoso.
Otros alcaldes vendrán
que tu buen hacer querrán
y no te preocupes por cobrar;
ya sabes que soy de fiar”.
El hombre, satisfecho,
le creyó
y un buen capital invirtió
en una empresa
que le decían rentable
y sin pensárselo mucho,
préstamos solicitó.
El taller se hizo más grande
pues los encargos aumentaban
y como una marea crecían
al tiempo que las deudas
sobre su vida, se abatían.
De repente, su mundo se hundió:
El Ayuntamiento y su alcalde
buenas palabras le daban
pero ni un euro se soltaba
y los bancos, como aves de presa,
Se llevaron los despojos.
Sin su taller, sin su casa;
también perdió a su mujer
Que se separó no aguantando
tal lluvia de desgracias.
A sus hijos se llevó
y se fue de la ciudad.
Rogelio se quedó solo,
sin comprender, cómo,
había ocurrido todo.
Exigió al alcalde lo suyo,
su último recurso
para salir del hoyo.
Pero éste le expulsó
y le dijo que ya le llegaría el turno.
Malvivió, blasfemó y el odio le atravesó.
Y un día, después de años de esperar,
de ver al alcalde pregonar
su gestión impecable,
algo en su interior se rompió.
“Estoy hundido;
ya todo llega tarde.
Mi vida no vale nada,
soy un títere en sus manos.
¡Pero hoy aquí,
la obra se acaba!”.
El alcalde con el dinero
de sus buenos ciudadanos,
un nidito de amor tenía;
lo que a Rogelio le negaba
a su pichona,
de mil amores daba.
No había presupuesto
para cosas esenciales.
pero Don Paco se pirraba
por las plazas señoriales
que dejaran
para la posteridad
su augusto nombre.
En estas estaba,
frenético de pasión,
con modos y maneras
que al que le viese, chocara,
cuando Rogelio, silencioso, entró
y un estacazo con un vara,
que era de acero,
al alcalde le asestó.
El alcalde gritó,
pero Rogelio no se paró:
“Muere como el cerdo que eres,
revolcado en porquería.
Todo esto es poco
para los que has quitado la vida.
Corrupto y lujurioso,
falso y mal ejemplo,
para los que tienen tu cargo.
Perece como un conejo”.
Hecha su labor,
como un autómata salió.
se dirigió hacia el banco
y al Director que le había mentido,
aun cuando era amigos,
le soltó un perdigonazo
y éste cayó desplomado.
“Nunca volveré
a escuchar de tus labios,
falsa fidelidad.
Confié en tu consejo
mientras me quitabas el pellejo”.
En eso la Policía
llegó hasta él
y le redujo.
Rogelio resistencia no opuso:
“Ya he conseguido mi propósito;
hagan conmigo lo que quieran
que ya todo está concluso”.
Fue juzgado y condenado
y Rogelio no se defendió.
No habló, ni dijo nada
y la sentencia acató
con una sonrisa extraña.
Su abogado le preguntó:
“¿A qué esa risa?”.
Y él le dijo, tristemente:
“Cuando era un buen hombre
me dejaron sin nada;
y ahora, que soy un asesino,
durante veinte años
no me faltará nada.
¿Qué más puedo pedir?
Tendré comida y cama;
el Estado pagará por mí.
¿No es la vida una locura
y esquizofrenia pura?”.
Cuando se alejaba
Una sonora carcajada
Salió de su garganta.
cabal y honrado,
que en nada se destacaba
de otro ciudadano.
Tenía un taller de carpintería
con el que a su familia mantenía.
El alcalde de su pueblo,
arrogante y orgulloso,
Quería tener un palacio
en lugar de un consistorio.
Le encargó arreglos varios,
muebles último modelo
que cuadraran,
según se apercibía,
con su enorme
y soberbio ego.
“No te preocupes, Rogelio.
Aquí tienes un gran negocio.
Verás como tu nombre
se hace pronto famoso.
Otros alcaldes vendrán
que tu buen hacer querrán
y no te preocupes por cobrar;
ya sabes que soy de fiar”.
El hombre, satisfecho,
le creyó
y un buen capital invirtió
en una empresa
que le decían rentable
y sin pensárselo mucho,
préstamos solicitó.
El taller se hizo más grande
pues los encargos aumentaban
y como una marea crecían
al tiempo que las deudas
sobre su vida, se abatían.
De repente, su mundo se hundió:
El Ayuntamiento y su alcalde
buenas palabras le daban
pero ni un euro se soltaba
y los bancos, como aves de presa,
Se llevaron los despojos.
Sin su taller, sin su casa;
también perdió a su mujer
Que se separó no aguantando
tal lluvia de desgracias.
A sus hijos se llevó
y se fue de la ciudad.
Rogelio se quedó solo,
sin comprender, cómo,
había ocurrido todo.
Exigió al alcalde lo suyo,
su último recurso
para salir del hoyo.
Pero éste le expulsó
y le dijo que ya le llegaría el turno.
Malvivió, blasfemó y el odio le atravesó.
Y un día, después de años de esperar,
de ver al alcalde pregonar
su gestión impecable,
algo en su interior se rompió.
“Estoy hundido;
ya todo llega tarde.
Mi vida no vale nada,
soy un títere en sus manos.
¡Pero hoy aquí,
la obra se acaba!”.
El alcalde con el dinero
de sus buenos ciudadanos,
un nidito de amor tenía;
lo que a Rogelio le negaba
a su pichona,
de mil amores daba.
No había presupuesto
para cosas esenciales.
pero Don Paco se pirraba
por las plazas señoriales
que dejaran
para la posteridad
su augusto nombre.
En estas estaba,
frenético de pasión,
con modos y maneras
que al que le viese, chocara,
cuando Rogelio, silencioso, entró
y un estacazo con un vara,
que era de acero,
al alcalde le asestó.
El alcalde gritó,
pero Rogelio no se paró:
“Muere como el cerdo que eres,
revolcado en porquería.
Todo esto es poco
para los que has quitado la vida.
Corrupto y lujurioso,
falso y mal ejemplo,
para los que tienen tu cargo.
Perece como un conejo”.
Hecha su labor,
como un autómata salió.
se dirigió hacia el banco
y al Director que le había mentido,
aun cuando era amigos,
le soltó un perdigonazo
y éste cayó desplomado.
“Nunca volveré
a escuchar de tus labios,
falsa fidelidad.
Confié en tu consejo
mientras me quitabas el pellejo”.
En eso la Policía
llegó hasta él
y le redujo.
Rogelio resistencia no opuso:
“Ya he conseguido mi propósito;
hagan conmigo lo que quieran
que ya todo está concluso”.
Fue juzgado y condenado
y Rogelio no se defendió.
No habló, ni dijo nada
y la sentencia acató
con una sonrisa extraña.
Su abogado le preguntó:
“¿A qué esa risa?”.
Y él le dijo, tristemente:
“Cuando era un buen hombre
me dejaron sin nada;
y ahora, que soy un asesino,
durante veinte años
no me faltará nada.
¿Qué más puedo pedir?
Tendré comida y cama;
el Estado pagará por mí.
¿No es la vida una locura
y esquizofrenia pura?”.
Cuando se alejaba
Una sonora carcajada
Salió de su garganta.