El único amigo que tuve, compartía conmigo su amor por el mar; juntos, pasábamos las horas navegando en su velero.
Hoy todo se agita en mi interior, no soporto este ensordecedor griterío de gaviotas que devuelven a mi memoria las imágenes de la tragedia; fueron ellas, lo primero que escuché cuando las olas nos vomitaron sobre la arena tras largas horas de agónica lucha. Desde entonces, él, es la sombra que me acompaña en mis largos paseos; caminamos siempre de espaldas al mar.
Pero hoy, por primera vez, se niega a acompañarme; dice, que es hora de dejar de culpar al mar, que ya no tengo excusa para empezar a escribirle el poema de despedida, que quiere dejar de ser sombra para vivir en mis versos.
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