Fingal
Poeta adicto al portal
No sé si me hago daño cuando te miro
Tú,
tus sombras, tus modos, tu conjunto,
tu figurada realidad de minutos.
Encarnación de profecías
escritas y secretas.
Mano maestra
que me acaricias acordes
en las escalas recónditas
que los doctores ignoran
y los letrados condenan.
¿Y si existieras?
Grilletes humillados besan tus huellas.
Cabalgas las furias y tormentas
antaño censuradas
cuando los niños
jugábamos a quimeras.
Y traigo en tus manos
un secreto de generaciones
de belleza subjetiva inalcanzable,
mi estrella en la noche,
mi caja de Pandora,
mi pozo de deseos.
¿Qué quiero de ti,
que apenas puedo rozarte en un verso enajenado?
¿Qué quiero de mí,
que te recibo en mis abismos?
Hambrientos abismos insondables
que solo claman tu presencia.
Durante solo un instante
lanzarme a las garras y colmillos
de los horrores que te atormentan
me libra de mi egoísmo.
¿Y si existieras?
En el refugio alado de tu abrazo eterno
chamanes y brujos invocan con reverencia
el lecho cristalino de tu afecto.
Y así velamos tranquilos
bajo una bóveda de nobles aullidos.
Bendita superstición de la más leve
insinuación de ternura.
No quiero más alimento,
ni aliento, ni pensamiento.
Te reconozco en mi anhelo
más íntimo y primigenio.
No atiendes a voluntades,
no te sacias en instintos.
Solo en el reflejo de las lágrimas
intuyo tus fronteras.
¿Y si existieras?
Te miro y te siento fluir en mis venas,
esencia que purifica;
o tal vez
euforia destilada,
ocaso de absenta funesta
que alimenta mi demencia.
Te miro y no sé
si me hago daño cuando te miro
porque no sé si me exaltas
y elevas mis confines humanos;
o me estremeces en respuestas primarias
grabadas en mi condena.
Me defino y me reniego en tu sentimiento,
pero te miro
y apuesto a muerte a tu destino
y solo puedo arrancarme pedazos
para luego rescatarme.
Y si existieras
no habría diferencia.
Y mucho por eso,
te miro, te miro
y no sé
si me hago daño
cuando te miro.
Galapagar (Madrid), 12 de agosto de 2015.
Tú,
tus sombras, tus modos, tu conjunto,
tu figurada realidad de minutos.
Encarnación de profecías
escritas y secretas.
Mano maestra
que me acaricias acordes
en las escalas recónditas
que los doctores ignoran
y los letrados condenan.
¿Y si existieras?
Grilletes humillados besan tus huellas.
Cabalgas las furias y tormentas
antaño censuradas
cuando los niños
jugábamos a quimeras.
Y traigo en tus manos
un secreto de generaciones
de belleza subjetiva inalcanzable,
mi estrella en la noche,
mi caja de Pandora,
mi pozo de deseos.
¿Qué quiero de ti,
que apenas puedo rozarte en un verso enajenado?
¿Qué quiero de mí,
que te recibo en mis abismos?
Hambrientos abismos insondables
que solo claman tu presencia.
Durante solo un instante
lanzarme a las garras y colmillos
de los horrores que te atormentan
me libra de mi egoísmo.
¿Y si existieras?
En el refugio alado de tu abrazo eterno
chamanes y brujos invocan con reverencia
el lecho cristalino de tu afecto.
Y así velamos tranquilos
bajo una bóveda de nobles aullidos.
Bendita superstición de la más leve
insinuación de ternura.
No quiero más alimento,
ni aliento, ni pensamiento.
Te reconozco en mi anhelo
más íntimo y primigenio.
No atiendes a voluntades,
no te sacias en instintos.
Solo en el reflejo de las lágrimas
intuyo tus fronteras.
¿Y si existieras?
Te miro y te siento fluir en mis venas,
esencia que purifica;
o tal vez
euforia destilada,
ocaso de absenta funesta
que alimenta mi demencia.
Te miro y no sé
si me hago daño cuando te miro
porque no sé si me exaltas
y elevas mis confines humanos;
o me estremeces en respuestas primarias
grabadas en mi condena.
Me defino y me reniego en tu sentimiento,
pero te miro
y apuesto a muerte a tu destino
y solo puedo arrancarme pedazos
para luego rescatarme.
Y si existieras
no habría diferencia.
Y mucho por eso,
te miro, te miro
y no sé
si me hago daño
cuando te miro.
Galapagar (Madrid), 12 de agosto de 2015.