Rey de la Patagonia
Poeta adicto al portal
El encierro hizo conmigo
todo lo que aquí te escribo,
tu dejaste que el mar se desbordara
llenando mi cuarto de agua,
y yo como si fuera una araña
en una esquina imperfecta
de ese cielo, respiraba.
El encierro hizo conmigo
lo que la caverna a los
hombres de aquel mito,
y empecé a vivir
de tu sombra,
y a creer que esos intensos
desvelos
y los destellos negros
de tu existencia
y tus pasos
y tu silencio,
eran el mundo de allá afuera.
En mi cielo llovían
relojes de arena
y se acumulaban como huesos
en las esquinas,
y yo soñaba
que de mi cielo llovieran paraguas
para amainar el tiempo,
para detenerlo,
para no sentirlo,
para poder vivirlo
sin que duela.
Y a veces volaban pájaros
y a veces solo sus plumas suspendidas,
otra vez se acabo el mundo
y cayeron meteoros
que tenían tu cara
y tu pelo,
yo ardí y me convertí
en una estatua de cenizas
adornada con rozas naranja
que parecían echas de fuego.
Me acostumbre a vivir en silencio
y a presentir tú sombra,
a temer a tus pasos
que pasaban de largo,
a resucitar en los pasos
que se quedaban,
en mi encierro de caverna
me convencí de que la vida era así,
y que allá afuera
la sombra que vivía eras tú,
y que aquí dentro ya nada podía hacer
solo coleccionar relojes de arena
e invertir su arena
para vencer.
Quise revelarme tantas veces,
quise negar esa realidad impuesta
y leer otros libros en las sombras
o escribirlos yo mismo
para encontrar una forma de salir,
y fue así que escribí
sobre un niño
que no conocía el mundo
y que yacía encerrado en sí mismo,
y que en un día de vientos
de otros tantos
llego una semilla
junto a otros recuerdos,
una semilla desconocida
de aparente fortaleza.
Aun siendo pequeña
hasta el punto de parecer una
estrella en su mano,
parecía ser la semilla de su
alegría.
Cada día con premura
esperaba que asomara de la tierra
y esto se convirtió en su vida
y el encierro ya no existía,
solo la esperanza de ver que florecía,
y pasaron los tiempos que fueron
necesarios,
y mientras tanto invento la luz,
invento las sonrisas,
creo otro cielo diferente
sin relojes,
y sin paraguas,
solo con estrellas
y un sol mal dibujado,
y con su semilla,
invento otro mundo
uno nuevo sin sombras
y uno nuevo sin pasos.
Pequeña ramita
de sueños volcados en sus hojas
vírgenes,
vigoroso y joven árbol de pronto,
frondoso y robusto roble
cuando fue el momento
con ramas que parecían abrazos
y raíces que parecían padres,
no quedaba más tiempo
era necesario conquistar
la más alta rama,
ya no quedaban relojes
ni se escuchaban los pasos,
cuando pequeñas manitos
comenzaron con su oficio
de volar alto.
Allá a lo alto,
los ojos
allá abajo quedo lo otro,
la luz que dibujo jamás se borro
y siguió brillando,
entre más alto
más pequeño era el dolor
y más grande la sonrisa,
y conoció la brisa
y conoció las crestas de las montañas
y conoció los valles
y los ríos
y los otros pájaros,
embelesado en el nuevo mundo
como si fuera Colon,
jamás percibió su propio cambio,
solo cuando se encubro en lo más alto
y decidido a vivir o morir
pero de una vez,
dio un enorme salto
hacia el valle que lo esperaba
y mientras corría distraído
pudo notar que era un hombre
el que avanzaba
sonriendo como niño
y soñando como como antes.
Todo lo que había existido
quedo en la caverna.
todas las sombras y la tuya
tras la puerta,
aún escucho de vez en cuando el eco
de tus pasos,
y camino apretando mis manos,
atesorando las semillas
que guarde para estos casos.
…
todo lo que aquí te escribo,
tu dejaste que el mar se desbordara
llenando mi cuarto de agua,
y yo como si fuera una araña
en una esquina imperfecta
de ese cielo, respiraba.
El encierro hizo conmigo
lo que la caverna a los
hombres de aquel mito,
y empecé a vivir
de tu sombra,
y a creer que esos intensos
desvelos
y los destellos negros
de tu existencia
y tus pasos
y tu silencio,
eran el mundo de allá afuera.
En mi cielo llovían
relojes de arena
y se acumulaban como huesos
en las esquinas,
y yo soñaba
que de mi cielo llovieran paraguas
para amainar el tiempo,
para detenerlo,
para no sentirlo,
para poder vivirlo
sin que duela.
Y a veces volaban pájaros
y a veces solo sus plumas suspendidas,
otra vez se acabo el mundo
y cayeron meteoros
que tenían tu cara
y tu pelo,
yo ardí y me convertí
en una estatua de cenizas
adornada con rozas naranja
que parecían echas de fuego.
Me acostumbre a vivir en silencio
y a presentir tú sombra,
a temer a tus pasos
que pasaban de largo,
a resucitar en los pasos
que se quedaban,
en mi encierro de caverna
me convencí de que la vida era así,
y que allá afuera
la sombra que vivía eras tú,
y que aquí dentro ya nada podía hacer
solo coleccionar relojes de arena
e invertir su arena
para vencer.
Quise revelarme tantas veces,
quise negar esa realidad impuesta
y leer otros libros en las sombras
o escribirlos yo mismo
para encontrar una forma de salir,
y fue así que escribí
sobre un niño
que no conocía el mundo
y que yacía encerrado en sí mismo,
y que en un día de vientos
de otros tantos
llego una semilla
junto a otros recuerdos,
una semilla desconocida
de aparente fortaleza.
Aun siendo pequeña
hasta el punto de parecer una
estrella en su mano,
parecía ser la semilla de su
alegría.
Cada día con premura
esperaba que asomara de la tierra
y esto se convirtió en su vida
y el encierro ya no existía,
solo la esperanza de ver que florecía,
y pasaron los tiempos que fueron
necesarios,
y mientras tanto invento la luz,
invento las sonrisas,
creo otro cielo diferente
sin relojes,
y sin paraguas,
solo con estrellas
y un sol mal dibujado,
y con su semilla,
invento otro mundo
uno nuevo sin sombras
y uno nuevo sin pasos.
Pequeña ramita
de sueños volcados en sus hojas
vírgenes,
vigoroso y joven árbol de pronto,
frondoso y robusto roble
cuando fue el momento
con ramas que parecían abrazos
y raíces que parecían padres,
no quedaba más tiempo
era necesario conquistar
la más alta rama,
ya no quedaban relojes
ni se escuchaban los pasos,
cuando pequeñas manitos
comenzaron con su oficio
de volar alto.
Allá a lo alto,
los ojos
allá abajo quedo lo otro,
la luz que dibujo jamás se borro
y siguió brillando,
entre más alto
más pequeño era el dolor
y más grande la sonrisa,
y conoció la brisa
y conoció las crestas de las montañas
y conoció los valles
y los ríos
y los otros pájaros,
embelesado en el nuevo mundo
como si fuera Colon,
jamás percibió su propio cambio,
solo cuando se encubro en lo más alto
y decidido a vivir o morir
pero de una vez,
dio un enorme salto
hacia el valle que lo esperaba
y mientras corría distraído
pudo notar que era un hombre
el que avanzaba
sonriendo como niño
y soñando como como antes.
Todo lo que había existido
quedo en la caverna.
todas las sombras y la tuya
tras la puerta,
aún escucho de vez en cuando el eco
de tus pasos,
y camino apretando mis manos,
atesorando las semillas
que guarde para estos casos.
…
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