danie
solo un pensamiento...
En la noche «sin luna y de asfixiante aflicción»
reflexiona una ciudad transida,
piensa en sus arterias de espeso vértigo
por la ajetreada cronología de un monótono desvarío
con su pesada carga del tumor de la creación
que deja pinceladas furiosas de hollín,
de desagües de alcantarilla,
de nubes percudidas por el rancio smog
y de montes ciclópeos de cochambre bruta
que la violentan, que la flagelan sin compasión.
Esta triste ciudad piensa en los albores umbríos
que desde los comienzos la vistieron,
en su conglomerado de cenizas y detritus
que la vuelve un cementerio de ruinas cancerígenas
por el propagado excremento con sus frutos pútridos.
Piensa en todo ese viperino mar
que la hunde día a día
con toneladas de cemento
de morrocotudas estatuas de baldía conciencia.
Y mientras más piensa, ella, se pregunta:
¿dónde quedaron esos sueños francos
que vivían a corazón abierto?,
¿dónde quedó el pudor campechano,
la moral sin máscaras de codicias
y colonización profana?,
¿alguna vez habrán nacido
las ideas puras de una alborada,
o se vendieron como el mismo cielo,
o se murieron antes del preludio de sus orígenes?
Esta ciudad la alberga una enorme jaqueca
que es tan grande como su vergüenza,
una dolencia que hace crujir hasta el asfalto
y una memoria cariada
de los jilgueros y canarios con piel de jaula,
de las plumas sin libertad de la gaviota,
del llanto de los mártires eucaliptos, cipreses y robles
que hoy solo son cruces y setos
del paso de la historia.
Así piensa…
en el verde que se pierde
y el rojo sangre que crece mancillando
hasta su ceniciento y urbano color.
También piensa en los rascacielos y catedrales lujosas
en los que mora Dios «pareciera que se cansó del paraíso
y decidió venir a habitar entre los fósiles de la miseria».
La ciudad siempre tuvo pánico de volverse un desierto,
de volverse un vacío relegado del mundo,
y en la noche «sin luna y de asfixiante aflicción»
se da cuenta que, dentro de ese libre albedrío que la civiliza,
está más sola que nunca.
Por última vez
hace una confesión completa de sus pecados
y resuelve suicidarse para así no afrontar más
la tormentosa pena que sudan los humanos.
reflexiona una ciudad transida,
piensa en sus arterias de espeso vértigo
por la ajetreada cronología de un monótono desvarío
con su pesada carga del tumor de la creación
que deja pinceladas furiosas de hollín,
de desagües de alcantarilla,
de nubes percudidas por el rancio smog
y de montes ciclópeos de cochambre bruta
que la violentan, que la flagelan sin compasión.
Esta triste ciudad piensa en los albores umbríos
que desde los comienzos la vistieron,
en su conglomerado de cenizas y detritus
que la vuelve un cementerio de ruinas cancerígenas
por el propagado excremento con sus frutos pútridos.
Piensa en todo ese viperino mar
que la hunde día a día
con toneladas de cemento
de morrocotudas estatuas de baldía conciencia.
Y mientras más piensa, ella, se pregunta:
¿dónde quedaron esos sueños francos
que vivían a corazón abierto?,
¿dónde quedó el pudor campechano,
la moral sin máscaras de codicias
y colonización profana?,
¿alguna vez habrán nacido
las ideas puras de una alborada,
o se vendieron como el mismo cielo,
o se murieron antes del preludio de sus orígenes?
Esta ciudad la alberga una enorme jaqueca
que es tan grande como su vergüenza,
una dolencia que hace crujir hasta el asfalto
y una memoria cariada
de los jilgueros y canarios con piel de jaula,
de las plumas sin libertad de la gaviota,
del llanto de los mártires eucaliptos, cipreses y robles
que hoy solo son cruces y setos
del paso de la historia.
Así piensa…
en el verde que se pierde
y el rojo sangre que crece mancillando
hasta su ceniciento y urbano color.
También piensa en los rascacielos y catedrales lujosas
en los que mora Dios «pareciera que se cansó del paraíso
y decidió venir a habitar entre los fósiles de la miseria».
La ciudad siempre tuvo pánico de volverse un desierto,
de volverse un vacío relegado del mundo,
y en la noche «sin luna y de asfixiante aflicción»
se da cuenta que, dentro de ese libre albedrío que la civiliza,
está más sola que nunca.
Por última vez
hace una confesión completa de sus pecados
y resuelve suicidarse para así no afrontar más
la tormentosa pena que sudan los humanos.
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