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XVIII

romaguce

Poeta recién llegado
Ya no sé cómo mentir,
Tomar una respiración pausada
Y creer en los sueños de otros, sobre mí.

Ya no sé cómo levantar las mañanas
Para que me muestren sus mejores semblantes,
Sin tener que ocultarme de sus atisbos.

Ya no sé cómo pedir perdón,
Cuando la culpa que heredo, me oculta
De la verdad que callo en penitencia.

Ya no sé cómo mirar las flores y mentir sobre su belleza;
Ya no sé cómo sentirte y decir que estás ahí, cuando hace poco o demasiado tiempo dejaste de soñar conmigo.

Mi vida es un cielo incendiando entre sus escombros,
La caída perfecta a una estrepitosa paz que me llama, con sus bordes rotos,
Para sofocarme en su lisonjera parsimonia…

¡Tu vida no es más que la mía!; entiendo tus desdibujados suspiros tratando de entender mi caustica complacencia, que se conjuga con el chasquido paranoico de nuestra carne aferrada al brasero insistente de la muerte.

¿Qué puedo cantar hoy?
¿Cómo puedo pedir más tarde, perdón, por las mentiras robadas a los sueños?
¿Cuándo he de entender que el fin está aquí y aceptarlo?

Amanece muy prematuramente, no estoy en mis cuerdos respiros noctámbulos y la calle me es insufrible, tenue, humeante al fulgor indigno de mi verdad y sigo mintiendo a los vientos y ellos se entumecen y me mienten a la vez.

Llego y regreso a lo mismo; es poco lo que me espera y que no entiendo en esta fugas cronología de lo que no se espera.

Cae todo; lo que no quiero, lo que no quieres y lo que no entendemos… ¿debe ser ceniza?, o lo poco que faltaba consumirse por la soledad…

No sé si ya es de día; nada es igual; todo se asienta, bajo el opaco cristal del tiempo…
 
Reflexivas letras, de un poema que contagia.
¡¡¡GENIAL!!!

Ya no sé cómo mentir,
Tomar una respiración pausada
Y creer en los sueños de otros, sobre mí.

Ya no sé cómo levantar las mañanas
Para que me muestren sus mejores semblantes,
Sin tener que ocultarme de sus atisbos.

Ya no sé cómo pedir perdón,
Cuando la culpa que heredo, me oculta
De la verdad que callo en penitencia.

Ya no sé cómo mirar las flores y mentir sobre su belleza;
Ya no sé cómo sentirte y decir que estás ahí, cuando hace poco o demasiado tiempo dejaste de soñar conmigo.

Mi vida es un cielo incendiando entre sus escombros,
La caída perfecta a una estrepitosa paz que me llama, con sus bordes rotos,
Para sofocarme en su lisonjera parsimonia…

¡Tu vida no es más que la mía!; entiendo tus desdibujados suspiros tratando de entender mi caustica complacencia, que se conjuga con el chasquido paranoico de nuestra carne aferrada al brasero insistente de la muerte.

¿Qué puedo cantar hoy?
¿Cómo puedo pedir más tarde, perdón, por las mentiras robadas a los sueños?
¿Cuándo he de entender que el fin está aquí y aceptarlo?

Amanece muy prematuramente, no estoy en mis cuerdos respiros noctámbulos y la calle me es insufrible, tenue, humeante al fulgor indigno de mi verdad y sigo mintiendo a los vientos y ellos se entumecen y me mienten a la vez.

Llego y regreso a lo mismo; es poco lo que me espera y que no entiendo en esta fugas cronología de lo que no se espera.

Cae todo; lo que no quiero, lo que no quieres y lo que no entendemos… ¿debe ser ceniza?, o lo poco que faltaba consumirse por la soledad…

No sé si ya es de día; nada es igual; todo se asienta, bajo el opaco cristal del tiempo…
 
Ya no sé cómo mentir,
Tomar una respiración pausada
Y creer en los sueños de otros, sobre mí.

Ya no sé cómo levantar las mañanas
Para que me muestren sus mejores semblantes,
Sin tener que ocultarme de sus atisbos.

Ya no sé cómo pedir perdón,
Cuando la culpa que heredo, me oculta
De la verdad que callo en penitencia.

Ya no sé cómo mirar las flores y mentir sobre su belleza;
Ya no sé cómo sentirte y decir que estás ahí, cuando hace poco o demasiado tiempo dejaste de soñar conmigo.

Mi vida es un cielo incendiando entre sus escombros,
La caída perfecta a una estrepitosa paz que me llama, con sus bordes rotos,
Para sofocarme en su lisonjera parsimonia…

¡Tu vida no es más que la mía!; entiendo tus desdibujados suspiros tratando de entender mi caustica complacencia, que se conjuga con el chasquido paranoico de nuestra carne aferrada al brasero insistente de la muerte.

¿Qué puedo cantar hoy?
¿Cómo puedo pedir más tarde, perdón, por las mentiras robadas a los sueños?
¿Cuándo he de entender que el fin está aquí y aceptarlo?

Amanece muy prematuramente, no estoy en mis cuerdos respiros noctámbulos y la calle me es insufrible, tenue, humeante al fulgor indigno de mi verdad y sigo mintiendo a los vientos y ellos se entumecen y me mienten a la vez.

Llego y regreso a lo mismo; es poco lo que me espera y que no entiendo en esta fugas cronología de lo que no se espera.

Cae todo; lo que no quiero, lo que no quieres y lo que no entendemos… ¿debe ser ceniza?, o lo poco que faltaba consumirse por la soledad…

No sé si ya es de día; nada es igual; todo se asienta, bajo el opaco cristal del tiempo…
un conjunto de palabras que encierran una tristeza tan honda...
 

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