José Ayarza
Poeta asiduo al portal
Hoy he visto caras bañadas de anhelos, asomando escalera abajo. Las mismas que al terminar ayer, dichosas, corrían hasta sus camas para que, en la oscura noche, los Magos hicieran su trabajo y encantando aquel momento, aquel lugar, se colmaran los rincones de espléndidos obsequios, llenando incluso los humildes zapatos de la familia.
Y la esperada noche llegó. Casi todas las luces descansaron, dejando por doquier las sombras taciturnas de siempre, de cada día, de cada año. El silencio, alterado puntualmente por muelles, maderas rechinantes de lechos y por sibilantes respiraciones deseosas de ilusión, pasó en un instante. Fue un soplo, un hechizo, un aleteo de vara mágica de azúcar y chocolate, la que permitió entrar a las estancias, a unas magníficas sombras con porte real, a sus cabalgaduras con giba y a la de sus resignados pajes, portadores de sacos llenos de fantasía. Hicieron su tarea, como siempre, lo mejor que pudieron y tras beber agua, un poco de licor y algún pedazo de turrón y roscón, partieron a otro lugar, a cargar otro corazón de ilusión y de felicidad.
¡Sí, yo los escuché¡… Qué más da si flaqueó la memoria de Mateo cincuenta años después de los hechos, o si en verdad viajaron hasta Belén tres hombres de distinta raza y edad. O si como dicen algunos, aquella primera noche bajo la estrella, se arrodillaron cuatro astrólogos, doce de Persia, cuarenta de Babilonia o hasta quinientos magos en total. Qué más da si traían oro al rey, incienso al dios y mirra al hombre, o si respondían al nombre de Amerín, Serakín, Sater o Parátoras antes de ser rebautizados unos siglos después. Lo cierto es, que mi oído, anoche, como así fue, les tenía que oír. Los niños no se merecen menos, y nosotros, “niños en el fondo”, supongo que tampoco. Por eso a veces, también sorprendentemente, nos alcanza la “magia real” y vemos que han dejado un premio por nuestra confianza en ellos.
¿Quién le quita un caramelo a un niño? Esa es la cuestión. Nadie, esa es la respuesta. Tan claro es el asunto, como aterrador es también pensar, que alguien por encima de nosotros, haya dispuesto que seamos niños durante toda la vida y pretenda que nunca perdamos la ilusión, la esperanza y con ella, la felicidad de nuestras caras. La misma alegría que yo he visto esta mañana en los niños, cuando alcanzando el salón, sorteaban los atadijos de colores, buscando cuál y cuántos les correspondían.
Y es que la cara de los niños, es la cara de sus reyes. Si el niño es feliz, Melchor lo es, y su cara también se ilumina fruto de la alegría que un simple deseo, hecho realidad, es capaz de conseguir. Supongo que por el día los Magos no reparten regalos para, mágicamente, poder observar la cara de los críos. Es el mejor momento, el verdaderamente mágico, donde el regocijo desbordado de un chiquillo contagia a padres, vecinos, alcaldes y reyes de a pie, aún en pijama y camisón.
No sé si un Mago era negro porque partió desde África, pero sí tengo claro que la faz del hechicero se forma todos los años con piel nueva, impresa a partir de rasgos y gestos de los niños a los que obsequia. Por eso son los reyes tan bellos y majestuosos. Supongo que tal es su gracia, que se ven obligados a poblar espesas barbas, para que los pequeños no se les suban encima con tanto afán y cariño que hasta despierten los celos de los padres.
Realmente parece bonito ser rey. Claro, sobre todo si es de un reino rico, próspero, con pajes que portan interminables sacos para que los súbditos se aprovechen de ello. Pero, ¿qué puede hacer un rey pobre rodeado de reinos ricos? Mal asunto ¿no? Algo hay que regalar… ¿Valores? ¿Metas intangibles que alcanzar? Y más aún, ¿un camino hasta ellas? Puede ser. Lo malo es que los niños casi no entienden eso, son todavía un poco inmaduros por más que nos empeñemos… No queramos convertir antes de tiempo a los niños en príncipes herederos. Debemos por tanto callar, pues los gestos de ventura en sus caras tienen que grabarse cada 6 de enero, unos años más, por su bien y por el de los Magos…
Tiempo habrá en que los infantes se distancien de sus juguetes de plástico, cartón, pilas o metal, y que busquen la “magia” lejos de sus majestades, eso sí, esperando con la misma ilusión de la primera vez, otro momento dulce que les obsequie con la llegada de su príncipe azul o de su princesa de ensueño.
Ya lo dijo el gran Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
Somos felices cuando, como los niños, nos acercamos a algo que nos gusta o que deseamos. Se nos acelera el corazón, cuyo pálpito animoso es tan emocionante que no queremos abandonar ese estado de euforia. Y es que en la vida…, “hay que tener sueños”, mantener viva la ilusión por algo, estar siempre esperando un regalo, un obsequio próximo, inminente. Y si el premio no lo fijamos en un “imposible”, mejor que mejor. Antes llegará, y nuestro futuro será placentero o por lo menos, sin tener que sumar a las adversidades y a los sinsabores de diario un desengaño que borre de nuestra cara la alegría que con tanto interés, se ocuparon nuestros padres y “magos”, tantas veces, de fijar en nuestro rostro y en nuestra alma.
Básicamente de eso depende la felicidad, de nosotros, de no buscar ni esperar imposibles que luego tornen a pesados desengaños, y de tener “ilusión”, cuanta más ilusión mejor, por lo que tenemos y por lo que seguramente viene pronto.
Ilusión es para todos…, saber que no estamos solos
Ilusión es para un hombre…, que lo admiren por su nombre
Ilusión es para un niño…, que lo premien con cariño,
Ilusión es para un mago…, recibir amor en pago
Ilusión es para un hombre…, que lo admiren por su nombre
Ilusión es para un niño…, que lo premien con cariño,
Ilusión es para un mago…, recibir amor en pago
Y como muestra la sabiduría popular: quién no se conforma es porque no quiere:
Ilusión es para un calvo, tener en su calva “algo”
José Ayarza© Todos los Derechos Reservados
José Ayarza© Todos los Derechos Reservados
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