Cuántas veces sentada en la silla
y pegada al cristal del ventano
se quedaba llorando mi abuela
viviendo el pasado.
Y miraba con ojos en llantos
a las nubes en mudo silencio,
puede ser que arrobada, extasiada,
veía a mi abuelo.
Se marchó no hace mucho a los cielos
y quedaron las penas profundas,
pues mi abuela sufrió las heridas
que nunca se curan.
Recordando de nuevo este trance,
cuando veo que está silenciosa,
un agobio profundo me embarga
si veo que llora.
Cuando el ser tan amado nos deja
parte nuestra se va muy seguido
y esa parte nos llama insistente
marcando el camino.
_______________________________________
Última edición: