Nada Vratovic
Poeta recién llegado
(ACID BLUES)
Va mordiendo el garrafón de los clubes
e inyectándose su música enloquecida
para que las venas se le saturen con los pigmentos del olvido.
Y,
en su intento por disolver la deformidad de los espejos,
se ha hecho adicta a drogas que aún no existen.
Contonea sus carnes apaleadas,
las arrastra de una bacanal a otra
y las napa con yohimbina
para que sus amantes queden cegados por erecciones mutantes
y no vean
que se están follando los vómitos de su propia decadencia.
Ahoga el asco con impulsos contaminados:
Sexo en callejones
donde ratas voyeurs blanden sus miembros
a imitación del semental de turno,
de los cuales brota la misma pestilencia.
Se encoge de hombros y toma otro trago
cuando heridas de semen se le clavan en rincones
que ingenuamente
creía aún vírgenes.
En su lengua taladran pastillas
que cicatrizan a base de mamadas.
Y a solas canturrea, como un mantra: "nada importa".
¿Qué más da destrozarse desde dentro
por una ilusion de inmunidad a lo externo?
La familia es una máscara
mirándola desde un altar vudú.
Y el amor se ha convertido en las velas rituales,
derretidas
y bautizadas de moho.
Ella dormita la mona a los pies de este sagrario que le vuelve la espalda,
y luego recoge los tacones
para seguir aguijoneando la ciudad.
Ya ha olvidado de qué estaba huyendo.
Escala entrepiernas de forma automática
y esconde su desgaste con polvos fantasmales
y las sobras de los licores que su ego toma por ofrendas.
La Reina caída
habla ahora con acento de ramera descarnada.
Y se ríe como las arañas histéricas
que se han arremolinado a su alrededor como una corte.
Le han arañado cada hueco con embestidas de desesperación
como a un colchón agujereado.
- ¿Sigues en pie, sostenida por cardenales y ácidos?
¿Para qué?
Me contesta:
- Porque nada importa.
Y sale de nuevo, corriendo, al encuentro de sus jaurías
antes de que la realidad empiece a clarear.
Va mordiendo el garrafón de los clubes
e inyectándose su música enloquecida
para que las venas se le saturen con los pigmentos del olvido.
Y,
en su intento por disolver la deformidad de los espejos,
se ha hecho adicta a drogas que aún no existen.
Contonea sus carnes apaleadas,
las arrastra de una bacanal a otra
y las napa con yohimbina
para que sus amantes queden cegados por erecciones mutantes
y no vean
que se están follando los vómitos de su propia decadencia.
Ahoga el asco con impulsos contaminados:
Sexo en callejones
donde ratas voyeurs blanden sus miembros
a imitación del semental de turno,
de los cuales brota la misma pestilencia.
Se encoge de hombros y toma otro trago
cuando heridas de semen se le clavan en rincones
que ingenuamente
creía aún vírgenes.
En su lengua taladran pastillas
que cicatrizan a base de mamadas.
Y a solas canturrea, como un mantra: "nada importa".
¿Qué más da destrozarse desde dentro
por una ilusion de inmunidad a lo externo?
La familia es una máscara
mirándola desde un altar vudú.
Y el amor se ha convertido en las velas rituales,
derretidas
y bautizadas de moho.
Ella dormita la mona a los pies de este sagrario que le vuelve la espalda,
y luego recoge los tacones
para seguir aguijoneando la ciudad.
Ya ha olvidado de qué estaba huyendo.
Escala entrepiernas de forma automática
y esconde su desgaste con polvos fantasmales
y las sobras de los licores que su ego toma por ofrendas.
La Reina caída
habla ahora con acento de ramera descarnada.
Y se ríe como las arañas histéricas
que se han arremolinado a su alrededor como una corte.
Le han arañado cada hueco con embestidas de desesperación
como a un colchón agujereado.
- ¿Sigues en pie, sostenida por cardenales y ácidos?
¿Para qué?
Me contesta:
- Porque nada importa.
Y sale de nuevo, corriendo, al encuentro de sus jaurías
antes de que la realidad empiece a clarear.