El día que me vaya,
quiero que conozcas todo lo que amé,
que calces las botas que calcé
y recorras despacio
la vida que dejé.
Y al anochecer,
en el viejo Puerto
que cruje de olvido
siéntate y escucha del viejo marino
lo que le conté
llorando tu ausencia
¡Cuanto te esperé!
Pasea, amor, por mis mares de plata
y haz tuyo mi horizonte
el día que me vaya
Y cuando ya no esté
pon mi nombre a la flor
que por humilde sea
la más hermosa
que por ausencias sea
la más sola
que no aspire a la belleza de la rosa,
ni a la blanca pureza de azucena,
ni al lirio azul que te enajena,
quizás, si acaso, se parezca,
a la flor del desierto
que solitaria crece,
que nadie riega.
A nuestra cita entre cipreses
tráeme,amado,un ramillete
de coloridas flores silvestres
y no espantes,amor,al mirlo blanco
que cada día me canta
desde lo alto;
recítame tus versos,
deja,amor,de andar mis pasos,
descálzate de mis botas
y si quieres, sólo si quieres...
deja tu último llanto
sobre esta tumba
aléjate despacio
y sacúdete de esta muerte
las cenizas.
Con tu velero hazte a la mar...
seré la brisa que te acaricia
seré el vuelo de esa gaviota
seré del mar sólo una gota
que se desliza lentamente
hasta tu boca.
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