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Mascarada

Pessoa

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MASCARADA

(A Venecia, en su Carnaval.)


La sangre multicolor de los losanges asesinados

corre con delicada armonía por el surco socavado,

caricia tenaz de ala de mariposa,

en la mejilla recién llorada.


En mística unión arrebolada van los colores

tras las músicas y las máscaras: atrás queda el dolor.

La mejilla vulnerada por las lágrimas

calma la mano que abrasa, verdugo cruel.


No del corazón herido nace el llanto.

No de un súbito adiós su causa.

Olvidé mi mano en su regazo y con ella los tañidos

que tanto la complacieron.



Viejo y lamentable Orfeo, Arlequín cansado,

caminas hacia la noche ciega, no a la muerte luminosa,

la que desde su primer latido acoge jubilosa

las cadencias de esos bailes elegantes.


Pero tu mano, mi mano, ya no vibran para Eurídice:

encallecidas, envilecidas, dejaron de ser sonoras.

Ya sólo la mariposa, con su aleteo vibrátil,

puede construir ese leve, infinito surco, en la mejilla de la amada.


Desde sus extremos abrumadores nacerán los arcos iris

con la sangre de tantos losanges multicolores.

Pausadamente, sin las urgencias de Cronos,

las Ménades desgranarán tus rombos desvaídos.


Pobre sangre para ofrecer a Perséfone, viejo caduco.

Pobre sangre indigna de rodar callada desde los ojos sagrados

para brillar -como tus mejores cánticos- en el inaccesible cénit

del arcoiris inaugural de una Eternidad sin duelo.


articles-44862_imagen.jpg


Ilust.: "Sueño". Mario Carreño. (Chile, 1.975)​
 
MASCARADA

(A Venecia, en su Carnaval.)


La sangre multicolor de los losanges asesinados

corre con delicada armonía por el surco socavado,

caricia tenaz de ala de mariposa,

en la mejilla recién llorada.


En mística unión arrebolada van los colores

tras las músicas y las máscaras: atrás queda el dolor.

La mejilla vulnerada por las lágrimas

calma la mano que abrasa, verdugo cruel.


No del corazón herido nace el llanto.

No de un súbito adiós su causa.

Olvidé mi mano en su regazo y con ella los tañidos

que tanto la complacieron.



Viejo y lamentable Orfeo, Arlequín cansado,

caminas hacia la noche ciega, no a la muerte luminosa,

la que desde su primer latido acoge jubilosa

las cadencias de esos bailes elegantes.


Pero tu mano, mi mano, ya no vibran para Eurídice:

encallecidas, envilecidas, dejaron de ser sonoras.

Ya sólo la mariposa, con su aleteo vibrátil,

puede construir ese leve, infinito surco, en la mejilla de la amada.


Desde sus extremos abrumadores nacerán los arcos iris

con la sangre de tantos losanges multicolores.

Pausadamente, sin las urgencias de Cronos,

las Ménades desgranarán tus rombos desvaídos.


Pobre sangre para ofrecer a Perséfone, viejo caduco.

Pobre sangre indigna de rodar callada desde los ojos sagrados

para brillar -como tus mejores cánticos- en el inaccesible cénit

del arcoiris inaugural de una Eternidad sin duelo.


articles-44862_imagen.jpg


Ilust.: "Sueño". Mario Carreño. (Chile, 1.975)​
Bello poema para instinto mental donde se mezclan los vapores de las mascaras
dentro del orificiio gigante de piedras de historia que recrean ese misterio
de un sueño complacido. bella obra de espejo y contexturas luminosas.
felicidades. luzyabsenta. magnifico.
 
Y yo llorando por los losanges asesinados, cuando voy y me entero de que son los típicos rombos del traje de Arlequín.
Si es que hay que hacer primero el master y luego leerte.
De todos modos, aunque me obligues al diccionario, tu poesía me gusta y lo sabes.
Abrazos.
 
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