Nada Vratovic
Poeta recién llegado
¿Cómo cantar
si te has pasado el verano vomitando la voz
y sorbiendo un orgullo "mal cortado"?
Tendido entre cáscaras de conocidos
supurabas semillas de amapola,
humo,
jugos pegajosos que no pudieron llegar a vino.
Y los colores de tus ojos se derramaban en copas de las que bebía todo el mundo.
Exégetas dementes
empezaron a garabatear sus salmos a la vesania en tus miembros
con punzones herrumbrosos y dientes picados
cuando a tí ya se te había quebrado el discurso
y en tus encías
se amontonaban súplicas que nacían muertas.
¿Cómo cantar
si las notas te gritan en cuanto las escupes?
Vuelan de tu garganta con alas de agujas
dejando estelas fluorescentes
cuyas náuseas
se quedan grapadas a tu vientre.
¿Y cuántas veces te han humillado los labios
eyaculando sobre ellos unos besos planos?
Contestas que,
tan a menudo,
que éstos se han convertido en una cala erosionada
a la que los nervios han abandonado a su suerte.
¿Cómo cantar
si eres la estrella primigenia
enterrada bajo arenas que se pudrieron antes del tiempo?
¡Oh, pero el lodo ha carcomido también tu memoria!
Generaciones de grajos y brujas orinaron sus males de ojo sobre tus heridas;
regaron la corteza que había empezado a brotar a tu alrededor,
y retornaste a un segundo nacimiento,
trastornado,
como la larva de las perdiciones
cuya crisálida está embalsamada en necrosis.
Aún así,
cantas.
Te sacudes las llagas y el ectoplasma
y a veces tomas las manos que no temen el contagio de tus demonios-virus.
Pero cuando éstos se envilecen,
cuando se multiplican en bacanales compulsivas
y resuelven violarte las entrañas buscando el núcleo del alma,
recuerda quién se arrodilla frente a tí para drenarlos.
si te has pasado el verano vomitando la voz
y sorbiendo un orgullo "mal cortado"?
Tendido entre cáscaras de conocidos
supurabas semillas de amapola,
humo,
jugos pegajosos que no pudieron llegar a vino.
Y los colores de tus ojos se derramaban en copas de las que bebía todo el mundo.
Exégetas dementes
empezaron a garabatear sus salmos a la vesania en tus miembros
con punzones herrumbrosos y dientes picados
cuando a tí ya se te había quebrado el discurso
y en tus encías
se amontonaban súplicas que nacían muertas.
¿Cómo cantar
si las notas te gritan en cuanto las escupes?
Vuelan de tu garganta con alas de agujas
dejando estelas fluorescentes
cuyas náuseas
se quedan grapadas a tu vientre.
¿Y cuántas veces te han humillado los labios
eyaculando sobre ellos unos besos planos?
Contestas que,
tan a menudo,
que éstos se han convertido en una cala erosionada
a la que los nervios han abandonado a su suerte.
¿Cómo cantar
si eres la estrella primigenia
enterrada bajo arenas que se pudrieron antes del tiempo?
¡Oh, pero el lodo ha carcomido también tu memoria!
Generaciones de grajos y brujas orinaron sus males de ojo sobre tus heridas;
regaron la corteza que había empezado a brotar a tu alrededor,
y retornaste a un segundo nacimiento,
trastornado,
como la larva de las perdiciones
cuya crisálida está embalsamada en necrosis.
Aún así,
cantas.
Te sacudes las llagas y el ectoplasma
y a veces tomas las manos que no temen el contagio de tus demonios-virus.
Pero cuando éstos se envilecen,
cuando se multiplican en bacanales compulsivas
y resuelven violarte las entrañas buscando el núcleo del alma,
recuerda quién se arrodilla frente a tí para drenarlos.
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