Carlos Gabriel Plenazio
Gabriel varón gay enfermero
Quisiera un rezo elevar,
desnudar las penas mías;
besar los pies del mesías
y mis ofensas lavar.
Necesito renovar,
de mis ropas la blancura,
hacerme de un aura pura,
sentir la paz y la calma,
de haberme limpiado el alma,
y obedecer su escritura.
Pero un viejo pecador,
¿Qué, a su Dios, a de decirle?,
con que osar interrumpirle,
al grandioso creador.
Si todo sabe el dador,
de la vida en abundancia,
conoce de mi arrogancia,
y mi impertinencia toda,
que a los cielos incomoda,
y son de mi circunstancia.
El pedir perdón me cuesta
aun cercano a esta muerte
no tengo ni paz ni suerte
al llegar mi hora funesta.
Tendré que bajar la cresta,
despojarme de ansiedad,
y mirar la suciedad,
que a mi lomo habré montado,
y suplicarle al amado,
que me extienda su piedad.
Me ha dicho don monseñor
que el cielo no es para el terco
y que yo he sido tan puerco
que no merezco señor.
Ni aun que cante un ruiseñor,
mis recuerdos en la tumba,
ni aunque un gran amor derrumba,
el templo antiguo en tu nombre,
sin perdón para este hombre,
cuando mi carne sucumba.
Pero eso lo ha dicho el cura,
que también es pecador,
que no se aguanto el ardor,
de una pequeña cintura.
Cayendo por la hermosura,
de mi hermana y su faldón,
perdiendo sabido el don,
si al gran santo le ha faltado,
por haberse enamorado,
para impartir su perdón.
Por eso es que yo te ruego,
Dios de todo lo creado,
así de desesperado,
que me perdone tu fuego.
Apaciguándome el ego,
me dejes a ti llegar,
para poder despegar,
mi fantasma a estos huesos,
y me acomodes los sesos,
para mi alma a ti entregar.
desnudar las penas mías;
besar los pies del mesías
y mis ofensas lavar.
Necesito renovar,
de mis ropas la blancura,
hacerme de un aura pura,
sentir la paz y la calma,
de haberme limpiado el alma,
y obedecer su escritura.
Pero un viejo pecador,
¿Qué, a su Dios, a de decirle?,
con que osar interrumpirle,
al grandioso creador.
Si todo sabe el dador,
de la vida en abundancia,
conoce de mi arrogancia,
y mi impertinencia toda,
que a los cielos incomoda,
y son de mi circunstancia.
El pedir perdón me cuesta
aun cercano a esta muerte
no tengo ni paz ni suerte
al llegar mi hora funesta.
Tendré que bajar la cresta,
despojarme de ansiedad,
y mirar la suciedad,
que a mi lomo habré montado,
y suplicarle al amado,
que me extienda su piedad.
Me ha dicho don monseñor
que el cielo no es para el terco
y que yo he sido tan puerco
que no merezco señor.
Ni aun que cante un ruiseñor,
mis recuerdos en la tumba,
ni aunque un gran amor derrumba,
el templo antiguo en tu nombre,
sin perdón para este hombre,
cuando mi carne sucumba.
Pero eso lo ha dicho el cura,
que también es pecador,
que no se aguanto el ardor,
de una pequeña cintura.
Cayendo por la hermosura,
de mi hermana y su faldón,
perdiendo sabido el don,
si al gran santo le ha faltado,
por haberse enamorado,
para impartir su perdón.
Por eso es que yo te ruego,
Dios de todo lo creado,
así de desesperado,
que me perdone tu fuego.
Apaciguándome el ego,
me dejes a ti llegar,
para poder despegar,
mi fantasma a estos huesos,
y me acomodes los sesos,
para mi alma a ti entregar.
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