Roman Vieira
El cuervo rojo que te observa en silencio.
Trece palomas.
Han venido a mi trece palomas,
las trece, heridas ya de frío,
pues al buscarte, amor mío,
nada quedaba entre las sombras.
Eran trece palomas de una vida,
una vida que nosotros dos vivimos,
y al final, cuando los dos nos despedimos...
A la deriva quedaron, sin su casa, sin su nido.
Las tomé de nuevo a todas,
una por una, como si fuese un viejo amigo,
y al estar de vuelta todas, y trinando con ahínco,
me descubrí extrañando tu tacto entre las horas.
A veces me pregunto si tus manos me recuerdan,
si tu boca busca alguna vez mi boca
si las palomas son, entre nosotros dos, viajeras...
O si estaban en algún lugar perdidas, solas.
Y es que el pecho nunca se resigna,
se aferra siempre a lo vivido,
y aunque el amor, de los dos haya partido,
palomas quedan, (siempre)
que se escapan del olvido.
-Trece palomas-
Han venido a mi trece palomas,
las trece, heridas ya de frío,
pues al buscarte, amor mío,
nada quedaba entre las sombras.
Eran trece palomas de una vida,
una vida que nosotros dos vivimos,
y al final, cuando los dos nos despedimos...
A la deriva quedaron, sin su casa, sin su nido.
Las tomé de nuevo a todas,
una por una, como si fuese un viejo amigo,
y al estar de vuelta todas, y trinando con ahínco,
me descubrí extrañando tu tacto entre las horas.
A veces me pregunto si tus manos me recuerdan,
si tu boca busca alguna vez mi boca
si las palomas son, entre nosotros dos, viajeras...
O si estaban en algún lugar perdidas, solas.
Y es que el pecho nunca se resigna,
se aferra siempre a lo vivido,
y aunque el amor, de los dos haya partido,
palomas quedan, (siempre)
que se escapan del olvido.
-Trece palomas-