catapiano_18
Poeta recién llegado
La llamé magia.
La llamé magia, a ella, quien se dormía entre mis brazos y luego no estuvo más.
La llamé magia, porque me causaba migraña, frío y calor, miedo y pasión.
La llamé magia, a aquella mujer que guardaba sus cabellos en mi nariz.
La llamé magia a aquella mujer, porque estaba tan dentro mío y de pronto se la quisieron llevar.
Y bajaron la luna y las estrellas, todas juntas, disfrazadas de enfermedad, a llevársela consigo.
Ella de pronto se fue y no volvió más.
Y así, la llamé magia, la llamé eternidad.
A aquella mujer, que tanto me dejó.
A aquella mujer, que como gusano en queso se metió.
A aquella mujer, que con un beso, desgarró cada tendón que mis labios tuviesen para entregar.
Y ella, que ya no sería mujer, sería lejana constelación.
Se convertiría en estrella y se iría lejos de mí.
Y así fue, se la llevaron lejos de mí
El mundo se me puso color tortura,
Las paredes me pedían a gritos que fuese a buscarla,
Que apretase el gatillo de una vez y fuera a pelear contra la luna.
Pero ella, convertida en magia, en sueños a través de la eternidad,
Me pidió que la dejase partir.
Que buscase el amor en otra piel,
Que esperase el beso desde otro rincón.
Pero ella vivía como magia dentro de mí, tan difícil de creer, pero fácil de ilusionar,
Y yo, entre lágrima y lágrima que caía,
Seguía creyendo que ella, como magia y por arte de aquella, volvería otra vez, a desgarrarme la piel con su carne, a besarme, a quitarme el aliento y la seguridad.
La llamé magia, la llamé eternidad.
A aquella mujer, que me desgarraba el corazón.
La llamé recuerdo y la magia partió lejos.
Y desde ese momento, sólo la llamé eternidad.
La llamé magia, a ella, quien se dormía entre mis brazos y luego no estuvo más.
La llamé magia, porque me causaba migraña, frío y calor, miedo y pasión.
La llamé magia, a aquella mujer que guardaba sus cabellos en mi nariz.
La llamé magia a aquella mujer, porque estaba tan dentro mío y de pronto se la quisieron llevar.
Y bajaron la luna y las estrellas, todas juntas, disfrazadas de enfermedad, a llevársela consigo.
Ella de pronto se fue y no volvió más.
Y así, la llamé magia, la llamé eternidad.
A aquella mujer, que tanto me dejó.
A aquella mujer, que como gusano en queso se metió.
A aquella mujer, que con un beso, desgarró cada tendón que mis labios tuviesen para entregar.
Y ella, que ya no sería mujer, sería lejana constelación.
Se convertiría en estrella y se iría lejos de mí.
Y así fue, se la llevaron lejos de mí
El mundo se me puso color tortura,
Las paredes me pedían a gritos que fuese a buscarla,
Que apretase el gatillo de una vez y fuera a pelear contra la luna.
Pero ella, convertida en magia, en sueños a través de la eternidad,
Me pidió que la dejase partir.
Que buscase el amor en otra piel,
Que esperase el beso desde otro rincón.
Pero ella vivía como magia dentro de mí, tan difícil de creer, pero fácil de ilusionar,
Y yo, entre lágrima y lágrima que caía,
Seguía creyendo que ella, como magia y por arte de aquella, volvería otra vez, a desgarrarme la piel con su carne, a besarme, a quitarme el aliento y la seguridad.
La llamé magia, la llamé eternidad.
A aquella mujer, que me desgarraba el corazón.
La llamé recuerdo y la magia partió lejos.
Y desde ese momento, sólo la llamé eternidad.
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