César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Exactamente a las dos de la tarde se desplegó el telón de aquel teatro repleto de niños y niñas venidos de las escuelas caraqueñas, y comenzó el concierto. Antonio sabía que eran las dos porque tenía un reloj de pulsera que él mismo se había comprado con el dinero ganado durante tres sábados seguidos por llevarles bolsas a las señoras que hacían el mercado. “¡La mitad de lo que ganes es para la casa, Antonio!” le había dicho su mamá desde el principio. La verdad es que a veces le provocaba hacerle trampa a su mamá con la mitad que a ella le correspondía; sobre todo, cuando quería comprarse algo más o menos costoso como había ocurrido con el reloj. Pero cuando veía a su papá cargando “a puro lomo” sacos de harina de trigo desde el camión hasta las panaderías (los cargaba de tres en tres, blanco y sudoroso, todos los días), se olvidaba de hacer trampas y, por el contrario, se sentía orgulloso de poderle dar a su mamá algo, de colaborar con los gastos de la casa aunque fuese un poquito cada semana.
Tenía 10 años y estudiaba quinto grado. El día anterior la maestra les había dicho que habría una actividad especial por la tarde y que a dicha actividad asistiría una representación de la escuela. Antonio era un poco retraído, pero pudo escuchar claramente su nombre entre los tres niños del salón que habían sido seleccionados. Tuvo que llevar a su mamá un permiso por escrito emitido por los directores de la escuela y ella estuvo de acuerdo en autorizarlo siempre que hiciera –bien hechas y completas- las tareas del día. A Antonio eso no le resultó un problema; para las cinco de la tarde tenía listas las mejores tareas que había hecho en su vida: sin “borrones”, con letra pareja y limpia, todo ordenado, cero errores que su mamá, en la detallada revisión que cada tarde le hacía de sus deberes, pudiera notar. La madre, satisfecha, le devolvió los cuadernos sin ningún reclamo o corrección y, junto con ellos, el permiso firmado. Antonio no dijo nada, pero sintió una gran alegría ante la expectativa de la “actividad especial”… Por cierto, la maestra nunca mencionó de qué se trataba, mas el simple hecho de poder salir de la casa un día jueves por la tarde (algo completamente inusual dentro de la rutina en la que estaba inmersa su vida de niño) ya hacía muy interesante la actividad, sin importar en qué consistiera.
Solamente a las 12.30 del día señalado, cuando las niñas y los niños seleccionados estuvieron presentes, el Director de la escuela explicó que iban a ir al Teatro Municipal de Caracas para presenciar un concierto de piano que ofrecerían unas niñas holandesas. Antonio sabía que existía una nación llamada Holanda en un continente lejano llamado Europa, donde también estaban España, Francia y otras naciones. Lo sabía porque su papá, de vez en cuando, jugaba con él a identificar las banderas de los países y los países de los continentes; curiosamente, aunque su papá nunca había pasado del tercer grado, siempre se las arreglaba para ganarle a Antonio en aquel juego. También tenía su papá un libro llamado “Almanaque Mundial”, el cual con frecuencia hojeaba durante las noches luego de cenar. Antonio se lo sustraía de la mesita de cama cada vez que podía para leer historias de récords deportivos, de grandes pintores y pintoras, de las naciones (el tamaño, la población, el idioma…) de las producciones agrícolas, de las montañas más altas del mundo, los puentes más largos, los lagos más extensos, los ríos más caudalosos (allí encontró al Orinoco muy bien situado, y supo también sobre el Salto Ángel, y sobre las Cataratas de Iguazú, el Monte Everets, el Aconcagua, el Río Amazonas, el Paraná-Plata).
Lo que nunca había visto Antonio era a alguien de Holanda, menos aún niñas. Y muchísimo menos que tocaran el piano. De hecho, los únicos pianos que Antonio había visto estaban dibujados en libros para aprender a leer; tal vez alguno por televisión. No conocía a ningún pianista.
Hacía calor en el teatro. A Antonio le tocó estar en el segundo balcón hacia el centro, en la tercera fila. Un niño más entre aquella multitud de niños y niñas que producían una algarabía tremenda, previo el inicio del evento. Antonio, retraído como era, no conversaba. Se concentró en leer un folletín que les habían entregado cuando ingresaron al teatro. Allí se hablaba de las niñas pianistas, se decía que estudiaban música en una escuela con nombre extraño y se mostraban algunas fotografías, pero eran gráficas lejanas y pequeñas, en blanco y negro. Entre ellas destacaba una niña de 14 años llamada Annelien Van der Vaart. Había también una pequeña de 10 años y dos chiquitinas de seis y de siete que al parecer eran hermanas.
Para Antonio fue una sorpresa que se apagaran, de manera gradual, las luces de aquel recinto enorme. Un presentador, tal vez un maestro, les dio la bienvenida a los niños y niñas asistentes, y explicó que las niñas holandesas estaban en el país como parte de un intercambio cultural entre Holanda y Venezuela. También mencionó las piezas que tocarían, pero lo hizo en forma tan rápida que Antonio casi no entendió nada. Total, salió cada una de las jóvenes pianistas, comenzando por la más pequeña de todas. Cada una interpretó una o dos piezas clásicas. Eran niñas muy blancas, como Antonio nunca las había visto. Annelien Van der Vaart, a quien correspondió tocar en el último turno, resultó ser una jovencita delgada y alta, de cabello rubio muy liso. Interpretó una pieza de un músico llamado “Chaikoski” …o algo así. De más está decir que Antonio se sintió completamente arrobado y atraído por aquella chica desde el momento en que ella pulsó la primera nota. Lucía absolutamente bella y perfecta, seria, majestuosa, espléndida… sentada frente a su piano. El teatro desapareció para él, lo mismo que los otros niños y niñas, las maestras, la distancia, la semioscuridad, su mamá, la escuela, las tareas. Estaba relativamente lejos de la niña pianista, pero se sentía a su lado, como si ella estuviese tocando solo para él una bellísima canción placentera e inexplicable.
Todo transcurrió muy rápidamente y cuando Antonio más quería que aquella melodía y aquella presencia celestial no cesaran sino que permanecieran para siempre, la niña dejó de tocar. Antonio apenas fue consciente de que la pianista hizo una reverencia y salió del escenario entre los aplausos del público. Luego de ella las dos hermanitas interpretaron un “dueto” (una pieza tocada por ambas, al mismo tiempo, en el mismo piano), pero Antonio solo quería que Annelien tocara de nuevo.
Nunca sucedió. Sin embargo pudo verla una vez más, fugazmente, cuando finalizado el corto concierto salieron todas las niñas pianistas y sus mentores a despedirse del público entre aplausos, con sonreídos adioses. Y ni las maestras de la escuela, ni la madre de Antonio, ni Annelien Van der Vaart, ni nadie, nadie en este mundo… supo jamás que un escolar venezolano de diez años regresó a su casa aquella tarde-noche enamorado de una niña pianista holandesa de catorce a la que recordó por mucho, mucho tiempo; ni nadie se enteró de que soñó con ella e imaginó románticos encuentros en los que se conocían, charlaban por horas enteras y ella tocaba en el piano canciones que él le cantaba (porque Antonio cantaba bien)… Ni supo nadie que jamás, ni siquiera siendo ya un adulto, olvidó su nombre, ni echó al olvido aquel breve concierto, ni las emociones que ella le transmitió a través de la magia musical creada por Tchaikovsky en su concierto Nº 1 para piano.
Marzo y amor sin límites, 2016. César Guevara
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