Fingal
Poeta adicto al portal
Solo cuando te escribo
en tu mirada blanca y llena,
en el movimiento de tus labios que me siguen,
en la piel,
en el aliento,
en el latido,
solo cuando te escribo,
como creyendo que me escuchas,
solo entonces tengo sentido.
Me atribuyo horizontes
donde no te alcanzo.
Llegas en los caminos
que los dioses ocultaron
para dominarnos,
pero tú me los revelas,
los haces humanos.
Se desgarra la consciencia
sin lenguaje articulado
y por serte fiel espejo
me despojo hasta los huesos
que encarcelan dimensiones,
me rescindo de los tiempos
y solo cuando tu nombre,
solo cuando tu mito,
solo cuando te miro,
solo entonces
se me rinde el infinito.
Engullo esta inmensa
nada entre nosotros
como si no me matara.
Se inclina la herencia humana,
la hora me señala en las venas,
me reclaman mis nombres primigenios,
la sangre es noche hambrienta,
pulso intenso,
viento furioso,
pero tú no me tiemblas,
me recibes atenta,
me permites en tus ojos
y solo cuando te invoco,
solo cuando me atraviesas,
solo cuando te respiro,
te respiro y me respiras,
solo entonces existimos.
El abismo es perspectiva
de condenas obsoletas.
En tu compañía
el delirio es derecho y nobleza,
surca los sumarios de los juicios
y ante el peso de tus huellas
el rencor de los caídos
te arrodilla el miedo del verdugo.
El anhelo aterido en tus manos
no puede suplicar más desnudo,
pero tú, gentil,
eliges besarlo
y solo cuando perdonas,
solo cuando concedes,
solo cuando me abrazas,
me abrazas y te abrazo,
te abrazo y me derramo,
solo entonces a salvo.
Es un susurro en tu aliento
la condena de traidores
y yo tu lengua de fuego.
Como cuervos justicieros
devoramos corazones
y saciados nos limpiamos
la arrogancia de los dientes
en la carne de los labios.
¿Quién dijo qué de los besos?
No hay distancia entre las manos,
no se conforman los cuerpos,
no hay caricia sin embrujo,
no hay pureza sin desnudo.
Arden las promesas
de más de cinco segundos
y solo cuando tu boca,
solo cuando me toca,
solo cuando me besas,
me besas y te beso,
me encuentras y te encuentro,
solo entonces me alimento.
Aullamos a las cruces del Calvario,
salpicamos la espuma de los ríos,
compartimos las infancias
de los bosques milenarios.
Nos confundimos los mares,
coloreamos quimeras
y cambiamos libertades
por el engaño fetiche
de volar a las estrellas.
Nos apuñalamos a besos
que desenterrarán nuestros herederos
como reliquias de cielo.
Sobre el polvo de maestros,
sobre el destierro de sabios,
en tu pecho me encomiendo,
pues solo cuando me miento
con tu cómplice silencio,
solo cuando me engaño,
solo entonces te creo.
Pero tú que no me tiemblas,
que me besas el anhelo,
en esa mirada blanca y llena
donde caben todas las lágrimas del mundo
y las mías,
perdóname las infligidas
y acéptame las que tributo.
Álvaro del Prado,
En algún lugar, 28 de febrero de 2016.
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