Me hiciste recordar a mi mamá, quien tejía maravillas: manteles para mesas redondas y cuadradas, pañitos para centros de mesa, sobrecamas, suéteres, blusas, batas, monitos para bebés. Primero lo hacía con una sola aguja (de esas más o menos pequeñas que llaman "ganchillos") pero luego aprendió a hacerlo también con dos agujas como las que se muestran en las gráficas que anexas a tu magnífico soneto con estrambote. Aprendió a seguir instrucciones de revistas (a mí me parecían chino) y luego a diseñar por sí misma figuras y palabras que incorporaba a los tejidos. Tejía con cuanto hilo le llegara a las manos, ya fuese estambre, crochet, o sencillo y burdo pabilo. Cuando cumplí 25 años me regaló un hermoso suéter marrón que cometí la torpeza de extraviar unos cinco o seis años más tarde. Y cuando algo no le quedaba bien, lo desbarataba (incluso completamente) y con el mismo hilo lo volvía a hacer hasta que le salía como ella deseaba. Tejió hasta tres días antes de su desaparición física, cuando tuvimos que internarla debido a una metástasis terminal de un cáncer contra el que luchó por más de 20 años. Hoy tú me la has hecho recordar como muchas veces la vi, sentada sobre la cama o en una silla, con una bolsa de tela a sus pies en la que guardaba sus hilos, y con la labor en su regazo, las agujas entre las manos, sumida en las cuentas de sus puntadas... unas cuentas que parecían infinitas.
Muchas gracias por hacérmela evocar tan bellamente. Felicitaciones, además, por agregar todavía más belleza, con tu soneto, a los de por sí hermosísimos trabajos que suelen hacer las tejedoras, mi madre entre ellas. Un abrazo fuerte, compañera, lleno de admiración y cariño.