Una palabra mágica.

Engel

SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA


Una mujer regresa de madrugada a los recuerdos. En la cocina, el baño, los balcones; el corazón le habla, pues en toda la noche estuvo latiendo de amor. Ella viene de lejos, caminando va hacia una habitación muy diferente a la que deja atrás. Sin encender la luz recorre a tientas; otra vida, otro tiempo, el insomnio perfecto de mis sueños. Voy a seguirla, ella no me ve.

Más que nunca la sigo, tal vez es que no existe y los versos son quimeras, son sólo fantasía, un espejo, un eco mudo. Pero todo cuanto amo en la distancia forma parte de nosotros y a veces, cuando pienso en esas cosas, se me erizan en la piel el eco de las que no digo y ella calla. Cuando narro una historia soy mi voz que ya se acerca junto a ella. Reconozco la añoranza con la que nuestras almas se citan en ese lugar cuajado de misterio en donde hasta el aire es libre y todo lo que anima el paisaje son nuestros sueños vertiéndose en sí mismos, inundando cada rincón del cuarto de ilusión.
Y bajo este instante, quiero dejar un rastro de añoranza recordando el pasar del tiempo sobre nuestros momentos, por otra parte, siempre breves. Componen un témpano repleto de esperanzas, disfrazando nuestra vida y cuanto en ella cabe. Esos momentos, incluso la historia que escribo, tal vez no me pertenezca, pero creo en las palabras tanto como creo en ella. Porque un día soñé una casa y una paloma, que por volar, se acercaba a mi alma, en un lugar olvidado más allá de la luna y del mismo tiempo. Mas hoy, que siento todo desde la misma distancia, tengo fe en el amor que habita en esa casa detrás de las montañas, donde podemos elegir nuestros otoños. Allí el amor se hace blanco, ayer y hoy no existen y son azar los días venideros. Las palabras que guardo en mi silencio vienen de tus ojos, un lugar donde la vida es diferente. La imagen de mi mundo es sólo un eco de ella, después nace el invierno. Me he ido deshaciendo en ese frío y ya la tengo enfrente para siempre.

Existe en mi mente un término misterioso semilla de mis sueños. La luz siempre encendida contra esa palabra indescifrable. Es la palabra como una casa nueva donde no vive nadie. Tal vez sepa decirte sobre sus ventanas, el tejado y la fachada, o que se entra en ella por la puerta pequeña de la magia. Pero desde su jardín, la palabra me parece el cielo y desde la palabra, el jardín me parece un sueño.

Nunca llegaré a saber muy bien porqué en la palabra late una esperanza. Es a veces la realidad la que nos habla de una palabra con la que se inaugura un sueño. Es el nombre de una ilusión y obedece a una forma secreta de existir. La nombramos una y otra vez hasta hacerla inmortal en nosotros. ¿Pudiera ocurrir que no supiera vivir sin todo esto? No lo sé, tampoco deseo averiguarlo. Ante todo es una buena palabra, lo contrario de un mal argumento, prefiero quedarme quieto pronunciándola en la distancia.
Es el amor confinado en la mente que arropa siempre mi pensamiento. Única, extraña y mujer. Ha aparecido dentro de una dulce sensación siendo realidad de una irrealidad. Apretando en mi alma un sueño de frío y lluvia, termina por ser lluvia, ruido de lluvia; lenguaje poblado de ternura y armonía.

Es tan mujer y tan extraña, paloma con plumaje azulado de soledad. Recosida a un nombre alguien la señaló con él desde los primeros días y ya desde entonces sonaba a tropiezo. Tal nombre le sería inútil en invierno y en verano, en cualquier estación de la vida. Un nombre tan concreto que casi parece un número. Un número desconchado, esquivo, sumado a un debe del que ya jamás podría distanciarse.
Es toda amor y toda soledad, única, singular e insólita, viviendo en un margen casi literario, en una buhardilla entre cristales junto al cielo. Con temor de contemplarlo tan cerca y tan inaccesible y temor de que la calle vista desde tan alto sea una mentira, una versión distorsionada de la realidad, donde es posible que no pueda bajar a dejar sus pasos.

Es tan inocente en el vivir y tan culpable en el amar. Sabiéndose nacida bajo un nombre le será difícil contemplarse frente al espejo siempre de la misma forma. ¿Será siempre el mismo sentimiento? ¿El mismo corazón? ¿La misma piel, nervios, esqueleto o mirada? Quien se derrame el cerebro en estas cuestiones no la conoce y aún menos la merece.

Dice que regresa de madrugada cuando aún yo no me he ido. No necesito más de un minuto, no preciso más tiempo en nuestro cuarto que me permita cruzarme por delante de sus ojos, brillantes, precisos, perfilando su mirada hacia la calle.
Desde la ventana una ancha cinta con polvillo de luz ilumina su rostro. Entre aquella imagen y contra el silencio la miro un momento más. Tembloroso, como atragantado por la ternura, casi sin querer, rozo sus manos. Asiente, moviendo, asegurando entre sus dedos mi caricia. Me encojo aún más y en puro arrebato me pierdo, aunque algo me dejé entre sus labios. Después, yo ya lo sabía, comienza a llover. Para entonces la casa se ha quedado a solas con nosotros y yo cada vez más asustado al fin lo heredo todo de ella. Ella y yo, invierno. Ella y yo, pasión desde la punta de los cabellos a la punta de los dedos.


A fuera el mundo se ha borrado, retrocedo en mis pensamientos hasta encontrar su cuerpo, hasta introducirme en él y lo llevo al paraíso de mis costumbres y deseos. Lo dejo en el hueco de mi alma y me voy a sentar en frente de sus ojos para verla mejor. Los colores de la memoria flotan insaciablemente. Con ardor mana de todas partes el murmullo propio del cataclismo. De las cortinas se caen las flores, quedándose en blanco. De la ventana cae el paisaje. Voy abriendo uno a uno sus deseos, cada deseo una puerta, las sucesivas puertas me van dejando pasar sin piedad alguna, sin hallar el menor atisbo de que aquello sea otro de mis delirios. Cuando compruebo que sus deseos siguen reclamando mi presencia, me coloco fiel mente tras de ellos, pero el último; qué importa cuál es el último, no diré su nombre. El último de aquella fila se vuelve para decirme que ya no puedo, que no debo salir jamás. Y sin capacidad posible de reacción me quedo dentro. No puedo, no debo salir jamás ni tan siquiera a por aire.
Me ahogo de placer, recorro paredes, suelos, muebles, intentando llegar al techo. Su nombre se muestra no en letras sino en sonidos, se la oye gemir en cada espacio del cuarto y su placer sube segundo a segundo en intensidad. Asciende, resbala, se desborda sobre mi cuerpo, en mi mirada, en mi respiración y llega nuestro orgasmo. Minutos tarda en humedecerlo todo, intento respirar, su nombre me cubre la boca, incluso el gemido. Debo romper el grito pero no puedo, de modo que lo digo para adentro una vez más. Lo último que recuerdo, nunca sabré si recuerdo o suposición,… el ruido de un sueño tras el cristal haciéndose añicos.
 
Última edición:


Una mujer regresa de madrugada a los recuerdos. En la cocina, el baño, los balcones; el corazón le habla, pues en toda la noche estuvo latiendo de amor. Ella viene de lejos, caminando va hacia una habitación muy diferente a la que deja atrás. Sin encender la luz recorre a tientas; otra vida, otro tiempo, el insomnio perfecto de mis sueños. Voy a seguirla, ella no me ve.

Más que nunca la sigo, tal vez es que no existe y los versos son quimeras, son sólo fantasía, un espejo, un eco mudo. Pero todo cuanto amo en la distancia forma parte de nosotros y a veces, cuando pienso en esas cosas, se me erizan en la piel el eco de las que no digo y ella calla. Cuando narro una historia soy mi voz que ya se acerca junto a ella. Reconozco la añoranza con la que nuestras almas se citan en ese lugar cuajado de misterio en donde hasta el aire es libre y todo lo que anima el paisaje son nuestros sueños vertiéndose en sí mismos, inundando cada rincón del cuarto de ilusión.
Y bajo este instante, quiero dejar un rastro de añoranza recordando el pasar del tiempo sobre nuestros momentos, por otra parte, siempre breves. Componen un témpano repleto de esperanzas, disfrazando nuestra vida y cuanto en ella cabe. Esos momentos, incluso la historia que escribo, tal vez no me pertenezca, pero creo en las palabras tanto como creo en ella. Porque un día soñé una casa y una paloma, que por volar, se acercaba a mi alma, en un lugar olvidado más allá de la luna y del mismo tiempo. Mas hoy, que siento todo desde la misma distancia, tengo fe en el amor que habita en esa casa detrás de las montañas, donde podemos elegir nuestros otoños. Allí el amor se hace blanco, ayer y hoy no existen y son azar los días venideros. Las palabras que guardo en mi silencio vienen de tus ojos, un lugar donde la vida es diferente. La imagen de mi mundo es sólo un eco de ella, después nace el invierno. Me he ido deshaciendo en ese frío y ya la tengo enfrente para siempre.

Existe en mi mente un término misterioso semilla de mis sueños. La luz siempre encendida contra esa palabra indescifrable. Es la palabra como una casa nueva donde no vive nadie. Tal vez sepa decirte sobre sus ventanas, el tejado y la fachada, o que se entra en ella por la puerta pequeña de la magia. Pero desde su jardín, la palabra me parece el cielo y desde la palabra, el jardín me parece un sueño.

Nunca llegaré a saber muy bien porqué en la palabra late una esperanza. Es a veces la realidad la que nos habla de una palabra con la que se inaugura un sueño. Es el nombre de una ilusión y obedece a una forma secreta de existir. La nombramos una y otra vez hasta hacerla inmortal en nosotros. ¿Pudiera ocurrir que no supiera vivir sin todo esto? No lo sé, tampoco deseo averiguarlo. Ante todo es una buena palabra, lo contrario de un mal argumento, prefiero quedarme quieto pronunciándola en la distancia.
Es el amor confinado en la mente que arropa siempre mi pensamiento. Única, extraña y mujer. Ha aparecido dentro de una dulce sensación siendo realidad de una irrealidad. Apretando en mi alma un sueño de frío y lluvia, termina por ser lluvia, ruido de lluvia; lenguaje poblado de ternura y armonía.

Es tan mujer y tan extraña, paloma con plumaje azulado de soledad. Recosida a un nombre alguien la señaló con él desde los primeros días y ya desde entonces sonaba a tropiezo. Tal nombre le sería inútil en invierno y en verano, en cualquier estación de la vida. Un nombre tan concreto que casi parece un número. Un número desconchado, esquivo, sumado a un debe del que ya jamás podría distanciarse.
Es toda amor y toda soledad, única, singular e insólita, viviendo en un margen casi literario, en una buhardilla entre cristales junto al cielo. Con temor de contemplarlo tan cerca y tan inaccesible y temor de que la calle vista desde tan alto sea una mentira, una versión distorsionada de la realidad, donde es posible que no pueda bajar a dejar sus pasos.

Es tan inocente en el vivir y tan culpable en el amar. Sabiéndose nacida bajo un nombre le será difícil contemplarse frente al espejo siempre de la misma forma. ¿Será siempre el mismo sentimiento? ¿El mismo corazón? ¿La misma piel, nervios, esqueleto o mirada? Quien se derrame el cerebro en estas cuestiones no la conoce y aún menos la merece.

Dice que regresa de madrugada cuando aún yo no me he ido. No necesito más de un minuto, no preciso más tiempo en nuestro cuarto que me permita cruzarme por delante de sus ojos, brillantes, precisos, perfilando su mirada hacia la calle.
Desde la ventana una ancha cinta con polvillo de luz ilumina su rostro. Entre aquella imagen y contra el silencio la miro un momento más. Tembloroso, como atragantado por la ternura, casi sin querer, rozo sus manos. Asiente, moviendo, asegurando entre sus dedos mi caricia. Me encojo aún más y en puro arrebato me pierdo, aunque algo me dejé entre sus labios. Después, yo ya lo sabía, comienza a llover. Para entonces la casa se ha quedado a solas con nosotros y yo cada vez más asustado al fin lo heredo todo de ella. Ella y yo, invierno. Ella y yo, pasión desde la punta de los cabellos a la punta de los dedos.


A fuera el mundo se ha borrado, retrocedo en mis pensamientos hasta encontrar su cuerpo, hasta introducirme en él y lo llevo al paraíso de mis costumbres y deseos. Lo dejo en el hueco de mi alma y me voy a sentar en frente de sus ojos para verla mejor. Los colores de la memoria flotan insaciablemente. Con ardor mana de todas partes el murmullo propio del cataclismo. De las cortinas se caen las flores, quedándose en blanco. De la ventana cae el paisaje. Voy abriendo uno a uno sus deseos, cada deseo una puerta, las sucesivas puertas me van dejando pasar sin piedad alguna, sin hallar el menor atisbo de que aquello sea otro de mis delirios. Cuando compruebo que sus deseos siguen reclamando mi presencia, me coloco fiel mente tras de ellos, pero el último; qué importa cuál es el último, no diré su nombre. El último de aquella fila se vuelve para decirme que ya no puedo, que no debo salir jamás. Y sin capacidad posible de reacción me quedo dentro. No puedo, no debo salir jamás ni tan siquiera a por aire.
Me ahogo de placer, recorro paredes, suelos, muebles, intentando llegar al techo. Su nombre se muestra no en letras sino en sonidos, se la oye gemir en cada espacio del cuarto y su placer sube segundo a segundo en intensidad. Asciende, resbala, se desborda sobre mi cuerpo, en mi mirada, en mi respiración y llega nuestro orgasmo. Minutos tarda en humedecerlo todo, intento respirar, su nombre me cubre la boca, incluso el gemido. Debo romper el grito pero no puedo, de modo que lo digo para adentro una vez más. Lo último que recuerdo, nunca sabré si recuerdo o suposición,… el ruido de un sueño tras el cristal haciéndose añicos.
La primera palabra que se me viene a la mente es "admiración ". Después es una sensación, es decir que sentí su texto no como un cuento pero más bien como una poesía, como una lluvia de flores cayendo sobre el alma. Lo leí escuchando al mismo tiempo la recitación en voz alta con la música, fue un momento mágico. ..Gracias por ese momento de pura poesía que me emocionó.
Amarilys
 
La primera palabra que se me viene a la mente es "admiración ". Después es una emoción es decir que no sentí su texto como un cuento, a pesar de que lo es, pero más bien como una poesía. Lo leí escuchando la recitación en voz alta con la música, fue un momento único de pura poesía. Como una lluvia de pétalos de flores cayendo sobre el alma... Gracias por ese momento mágico que me emocionó. Amarilys
 
La primera palabra que se me viene a la mente es "admiración ". Después es una sensación, es decir que sentí su texto no como un cuento pero más bien como una poesía, como una lluvia de flores cayendo sobre el alma. Lo leí escuchando al mismo tiempo la recitación en voz alta con la música, fue un momento mágico. ..Gracias por ese momento de pura poesía que me emocionó.
Amarilys
Gracias por el gentil y franco comentario, estimada compañera.
Me alegra mucho tu visita. Te dejo un abrazo, Amarilys.
 


Una mujer regresa de madrugada a los recuerdos. En la cocina, el baño, los balcones; el corazón le habla, pues en toda la noche estuvo latiendo de amor. Ella viene de lejos, caminando va hacia una habitación muy diferente a la que deja atrás. Sin encender la luz recorre a tientas; otra vida, otro tiempo, el insomnio perfecto de mis sueños. Voy a seguirla, ella no me ve.

Más que nunca la sigo, tal vez es que no existe y los versos son quimeras, son sólo fantasía, un espejo, un eco mudo. Pero todo cuanto amo en la distancia forma parte de nosotros y a veces, cuando pienso en esas cosas, se me erizan en la piel el eco de las que no digo y ella calla. Cuando narro una historia soy mi voz que ya se acerca junto a ella. Reconozco la añoranza con la que nuestras almas se citan en ese lugar cuajado de misterio en donde hasta el aire es libre y todo lo que anima el paisaje son nuestros sueños vertiéndose en sí mismos, inundando cada rincón del cuarto de ilusión.
Y bajo este instante, quiero dejar un rastro de añoranza recordando el pasar del tiempo sobre nuestros momentos, por otra parte, siempre breves. Componen un témpano repleto de esperanzas, disfrazando nuestra vida y cuanto en ella cabe. Esos momentos, incluso la historia que escribo, tal vez no me pertenezca, pero creo en las palabras tanto como creo en ella. Porque un día soñé una casa y una paloma, que por volar, se acercaba a mi alma, en un lugar olvidado más allá de la luna y del mismo tiempo. Mas hoy, que siento todo desde la misma distancia, tengo fe en el amor que habita en esa casa detrás de las montañas, donde podemos elegir nuestros otoños. Allí el amor se hace blanco, ayer y hoy no existen y son azar los días venideros. Las palabras que guardo en mi silencio vienen de tus ojos, un lugar donde la vida es diferente. La imagen de mi mundo es sólo un eco de ella, después nace el invierno. Me he ido deshaciendo en ese frío y ya la tengo enfrente para siempre.

Existe en mi mente un término misterioso semilla de mis sueños. La luz siempre encendida contra esa palabra indescifrable. Es la palabra como una casa nueva donde no vive nadie. Tal vez sepa decirte sobre sus ventanas, el tejado y la fachada, o que se entra en ella por la puerta pequeña de la magia. Pero desde su jardín, la palabra me parece el cielo y desde la palabra, el jardín me parece un sueño.

Nunca llegaré a saber muy bien porqué en la palabra late una esperanza. Es a veces la realidad la que nos habla de una palabra con la que se inaugura un sueño. Es el nombre de una ilusión y obedece a una forma secreta de existir. La nombramos una y otra vez hasta hacerla inmortal en nosotros. ¿Pudiera ocurrir que no supiera vivir sin todo esto? No lo sé, tampoco deseo averiguarlo. Ante todo es una buena palabra, lo contrario de un mal argumento, prefiero quedarme quieto pronunciándola en la distancia.
Es el amor confinado en la mente que arropa siempre mi pensamiento. Única, extraña y mujer. Ha aparecido dentro de una dulce sensación siendo realidad de una irrealidad. Apretando en mi alma un sueño de frío y lluvia, termina por ser lluvia, ruido de lluvia; lenguaje poblado de ternura y armonía.

Es tan mujer y tan extraña, paloma con plumaje azulado de soledad. Recosida a un nombre alguien la señaló con él desde los primeros días y ya desde entonces sonaba a tropiezo. Tal nombre le sería inútil en invierno y en verano, en cualquier estación de la vida. Un nombre tan concreto que casi parece un número. Un número desconchado, esquivo, sumado a un debe del que ya jamás podría distanciarse.
Es toda amor y toda soledad, única, singular e insólita, viviendo en un margen casi literario, en una buhardilla entre cristales junto al cielo. Con temor de contemplarlo tan cerca y tan inaccesible y temor de que la calle vista desde tan alto sea una mentira, una versión distorsionada de la realidad, donde es posible que no pueda bajar a dejar sus pasos.

Es tan inocente en el vivir y tan culpable en el amar. Sabiéndose nacida bajo un nombre le será difícil contemplarse frente al espejo siempre de la misma forma. ¿Será siempre el mismo sentimiento? ¿El mismo corazón? ¿La misma piel, nervios, esqueleto o mirada? Quien se derrame el cerebro en estas cuestiones no la conoce y aún menos la merece.

Dice que regresa de madrugada cuando aún yo no me he ido. No necesito más de un minuto, no preciso más tiempo en nuestro cuarto que me permita cruzarme por delante de sus ojos, brillantes, precisos, perfilando su mirada hacia la calle.
Desde la ventana una ancha cinta con polvillo de luz ilumina su rostro. Entre aquella imagen y contra el silencio la miro un momento más. Tembloroso, como atragantado por la ternura, casi sin querer, rozo sus manos. Asiente, moviendo, asegurando entre sus dedos mi caricia. Me encojo aún más y en puro arrebato me pierdo, aunque algo me dejé entre sus labios. Después, yo ya lo sabía, comienza a llover. Para entonces la casa se ha quedado a solas con nosotros y yo cada vez más asustado al fin lo heredo todo de ella. Ella y yo, invierno. Ella y yo, pasión desde la punta de los cabellos a la punta de los dedos.


A fuera el mundo se ha borrado, retrocedo en mis pensamientos hasta encontrar su cuerpo, hasta introducirme en él y lo llevo al paraíso de mis costumbres y deseos. Lo dejo en el hueco de mi alma y me voy a sentar en frente de sus ojos para verla mejor. Los colores de la memoria flotan insaciablemente. Con ardor mana de todas partes el murmullo propio del cataclismo. De las cortinas se caen las flores, quedándose en blanco. De la ventana cae el paisaje. Voy abriendo uno a uno sus deseos, cada deseo una puerta, las sucesivas puertas me van dejando pasar sin piedad alguna, sin hallar el menor atisbo de que aquello sea otro de mis delirios. Cuando compruebo que sus deseos siguen reclamando mi presencia, me coloco fiel mente tras de ellos, pero el último; qué importa cuál es el último, no diré su nombre. El último de aquella fila se vuelve para decirme que ya no puedo, que no debo salir jamás. Y sin capacidad posible de reacción me quedo dentro. No puedo, no debo salir jamás ni tan siquiera a por aire.
Me ahogo de placer, recorro paredes, suelos, muebles, intentando llegar al techo. Su nombre se muestra no en letras sino en sonidos, se la oye gemir en cada espacio del cuarto y su placer sube segundo a segundo en intensidad. Asciende, resbala, se desborda sobre mi cuerpo, en mi mirada, en mi respiración y llega nuestro orgasmo. Minutos tarda en humedecerlo todo, intento respirar, su nombre me cubre la boca, incluso el gemido. Debo romper el grito pero no puedo, de modo que lo digo para adentro una vez más. Lo último que recuerdo, nunca sabré si recuerdo o suposición,… el ruido de un sueño tras el cristal haciéndose añicos.
Si no existieras en las abstracticidad de estas imágenes sólidas, con vida, movimientos, gestos, hacer, no habría historia, ni emociones, ni admiración. Un abrazo, Engel. Muchas gracias.
 
Una larga ovación se merece esta prosa amigo. Una muy larga ovación a la exquisitez con la que vas narrando tanto sentimiento al borde de cada palabra.
Un brillo tan característico te brota que el éxtasis impregna todo a su paso.
Gran trabajo de sutileza, de amor, de composición, de buen hacer en definitiva. Felicidades!!
 
Última edición:
Qué tristeza no saber expresar bien lo que he sentido con tu relato. Es tan delicado, tan sutil la forma en que expresas todo eso que tan extraordinariamente cuentas... Llega al corazón tu prosa. Un abrazo y muchas gracias por compartirlo.
 
Me parece muy difícil su lectura, no es el tipo de prosa que me apasiona. Pero por otro lado, hay unas metáforas y unas imágenes extraordinarias. Felicidades.
 
Una larga ovación se merece esta prosa amigo. Una muy larga ovación a la exquisitez con la que vas narrando tanto sentimiento al borde de cada palabra.
Un brillo tan característico te brota que el éxtasis impregna todo a su paso.
Gran trabajo de sutileza, de amor, de composición, de buen hacer en definitiva. Felicidades!!
Gran..gran abrazo estimada compañera.
Satisfecho y encantado con tu comentario te doy mil gracias.
 
Si se lee despacio, con dedicación, se descubren frases para guardar en la memoria.

"Nunca llegaré a saber muy bien porqué en la palabra late una esperanza. Es a veces la realidad la que nos habla de una palabra con la que se inaugura un sueño. Es el nombre de una ilusión y obedece a una forma secreta de existir. La nombramos una y otra vez hasta hacerla inmortal en nosotros. ¿Pudiera ocurrir que no supiera vivir sin todo esto? No lo sé, tampoco deseo averiguarlo. Ante todo es una buena palabra, lo contrario de un mal argumento, prefiero quedarme quieto pronunciándola en la distancia." Engel.

Así, ves...así, siento yo esa palabra mágica. No lo sabía hasta que lo leí en ti.
La magia de las palabras.
Excelente.

 
Es inmediato, el peso de las palabras y su magnetismo.
un gusto.
saludos.
 

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