Javier Alánzuri
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mi casera vino a cobrar a final de mes,
una costumbre suya como otra cualquiera,
aunque en ocasiones alguno se le escapa
y aparece con dos o tres de ellos tras su menuda figura.
Bien pensado,
es como un coche engalanado que, tras la ceremonia,
arrastra meses en lugar de latas y botes vacíos.
Siempre hablamos bastante,
será por vernos poco,
y siempre de lo mismo,
del puto trabajo.
Ella me cuenta las penas,
los jirones que su alma ha perdido durante las últimas batallas,
mientras yo recuerdo algo enardecido los míos…
diseminados en varias fosas comunes.
Le queda poco en el frente,
apenas tres meses y recibirá la licencia,
el permiso para vivir sin humillaciones ni tratos vejatorios porque sí,
porque a él le da la gana,
porque soy el jefe y tú no eres nada,
solo una ignorante a la que estoy dando amparo con un contrato ridículo,
sin pagarte las horas,
sin vacaciones,
sin decirte nunca gracias…
esas que tú debieras darme cada día al respirar con mi permiso.
Por fin se va a jubilar… pero andaba preocupada,
más que de costumbre,
debe someterse a una operación inminente y siente temor,
auténtico temor…
no tanto a la operación en sí, que es bastante delicada,
como a la reacción de su jefe,
ese jefe con el que lleva casi veinte años,
Hiena inmunda,
rata asquerosa,
hijo de puta a secas,
da igual el término usado,
da asco.
Él la despidió al saber de la operación,
el azar quiso que me encontrará con su hija ese mismo día,
mientras ella estaba ya ingresada en el hospital.
Indignada...
me mostró la carta de despido procedente
que le habían entregado a su madre
en lugar de la pertinente baja,
y narró los nervios con los que tuvo que ingresar,
sin poder dejar de hablar del puto jefe…
y del puto trabajo.
No salió viva del hospital,
ya no está,
allí murió hace cuatro días,
mi apreciada casera ha muerto.
Su jefe...
sigue sonriendo como siempre a sus numerosos clientes.
Bien, Dios, muy bien,
tú si que sabes.
Mi primer mecagüendios fue en edad infantil,
cuando no entendía su significado,
y desde entonces me ha acompañado fielmente.
Mierda de vida,
¿humanos?...
hienas campando a sus anchas,
eso es lo que hay,
mecagüendios.
una costumbre suya como otra cualquiera,
aunque en ocasiones alguno se le escapa
y aparece con dos o tres de ellos tras su menuda figura.
Bien pensado,
es como un coche engalanado que, tras la ceremonia,
arrastra meses en lugar de latas y botes vacíos.
Siempre hablamos bastante,
será por vernos poco,
y siempre de lo mismo,
del puto trabajo.
Ella me cuenta las penas,
los jirones que su alma ha perdido durante las últimas batallas,
mientras yo recuerdo algo enardecido los míos…
diseminados en varias fosas comunes.
Le queda poco en el frente,
apenas tres meses y recibirá la licencia,
el permiso para vivir sin humillaciones ni tratos vejatorios porque sí,
porque a él le da la gana,
porque soy el jefe y tú no eres nada,
solo una ignorante a la que estoy dando amparo con un contrato ridículo,
sin pagarte las horas,
sin vacaciones,
sin decirte nunca gracias…
esas que tú debieras darme cada día al respirar con mi permiso.
Por fin se va a jubilar… pero andaba preocupada,
más que de costumbre,
debe someterse a una operación inminente y siente temor,
auténtico temor…
no tanto a la operación en sí, que es bastante delicada,
como a la reacción de su jefe,
ese jefe con el que lleva casi veinte años,
Hiena inmunda,
rata asquerosa,
hijo de puta a secas,
da igual el término usado,
da asco.
Él la despidió al saber de la operación,
el azar quiso que me encontrará con su hija ese mismo día,
mientras ella estaba ya ingresada en el hospital.
Indignada...
me mostró la carta de despido procedente
que le habían entregado a su madre
en lugar de la pertinente baja,
y narró los nervios con los que tuvo que ingresar,
sin poder dejar de hablar del puto jefe…
y del puto trabajo.
No salió viva del hospital,
ya no está,
allí murió hace cuatro días,
mi apreciada casera ha muerto.
Su jefe...
sigue sonriendo como siempre a sus numerosos clientes.
Bien, Dios, muy bien,
tú si que sabes.
Mi primer mecagüendios fue en edad infantil,
cuando no entendía su significado,
y desde entonces me ha acompañado fielmente.
Mierda de vida,
¿humanos?...
hienas campando a sus anchas,
eso es lo que hay,
mecagüendios.
Última edición: