Sin embargo,
sin deshacerme
escribo esta línea.
Como si cayera en el cristal de un charco
una piedra como una exhalación
anodina y levísima.
Como si grito desgarrado
—torre derrumbándose
por una insostenible joroba de tiempo;
punta filuda de iceberg—
no erizara ecos
en las paredes que lo aprisionan.
Pero un sordo murmullo me tiene alerta.
Voces musitan mi nombre
tras alguna esquina.
Hay sordamente lo que había,
y siempre de manera vaga.
Hay que cuidar que la palabra
—palabra, palabra, palabra...—
no rebase la copa que me siento a beber
con labios insaciables.
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