Marcelo Pavón Suárez
Vasto
La muerte más hermosa que conozco
es la que ocurre cuando ella se desnuca
contra mi almohada,
esperando a que la reviva con mi cuerpo desnudo.
Ella, toda ella
con indios que le brotan de la garganta ciega,
con helipuertos descocidos
de un bolsillo de la luna,
ella que arroja mis lluvias
por la ventana
y ahorca mi melancolía
con su mejor corbata.
Ella que tiene armarios en la nariz
donde guarda los árboles
de los que cuelgan
mis hamacas silenciosas,
mis memorias a corto plazo
y mis olvidos a plazo fijo.
Ella comiendo espuma
para afeitarme los ocasos
de supuestas compañías.
Ella que me enloqueció
al punto que intenté apuñalarme con su espejo
cierto jueves de botellas apiladas
para ver si lograba incrustarme su reflejo
adentro de las muñecas.
No pude…
No pude porque aún no estaba tan loco
como ahora,
porque no era esta calle en coma
parecida a un ser humano
añorando tu espalda atornillada
a mi pecho
en esas madrugadas
en que tu sueño me acalambraba las sábanas.
Pero ya no hay nada que hacer
este destino tuyo y mío
no se acomoda ni a martillazos,
hoy soy vela y vos humo…
La llama se fue en el último cigarro
que encendiste
antes de bajar las escaleras
para siempre.
es la que ocurre cuando ella se desnuca
contra mi almohada,
esperando a que la reviva con mi cuerpo desnudo.
Ella, toda ella
con indios que le brotan de la garganta ciega,
con helipuertos descocidos
de un bolsillo de la luna,
ella que arroja mis lluvias
por la ventana
y ahorca mi melancolía
con su mejor corbata.
Ella que tiene armarios en la nariz
donde guarda los árboles
de los que cuelgan
mis hamacas silenciosas,
mis memorias a corto plazo
y mis olvidos a plazo fijo.
Ella comiendo espuma
para afeitarme los ocasos
de supuestas compañías.
Ella que me enloqueció
al punto que intenté apuñalarme con su espejo
cierto jueves de botellas apiladas
para ver si lograba incrustarme su reflejo
adentro de las muñecas.
No pude…
No pude porque aún no estaba tan loco
como ahora,
porque no era esta calle en coma
parecida a un ser humano
añorando tu espalda atornillada
a mi pecho
en esas madrugadas
en que tu sueño me acalambraba las sábanas.
Pero ya no hay nada que hacer
este destino tuyo y mío
no se acomoda ni a martillazos,
hoy soy vela y vos humo…
La llama se fue en el último cigarro
que encendiste
antes de bajar las escaleras
para siempre.