Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
Calle 33 sur
Ya no se desprenden las fichas del parquet,
ni reparo asombrado sus patrones con alegría.
Ya no cantan los borrachos en sus cajas de cartón,
ni una mujer solterona los calla.
Ya no vacila un chisme con sus pies de pulpo,
subiendo y bajando por las escaleras de mármol,
ni el closet de la antigua casa se deja palpar con las miradas.
Extraño la contigüidad de la cocina y el baño,
y la duda sembrada en mí, por su interruptor doble;
extraño sus burlas ante mi falta de concentración,
y hacia mi afán repleto de hastío.
Añoro el olor del barro, y pasar el balón debajo de las llantas,
desperdiciando mi puntería.
Escucho la fiesta de los moscos en el cielo de los pinos,
dividiendo el aire con su perfume de resinas.
Exhumo las huellas del cerezo en mis ropas gastadas.
¡Habito el árbol que me ofrece sus ramas para el juego!
Y maldigo al niño que se cree dueño
porque lo sembró su padre, adoptivo en secreto…
Me pesan de recuerdos los bolsillos, llenos de cerezas gastadas,
de chocolatinas derretidas,
y envolturas doradas que me encantaban.
Escucho mis bolsillos al patear un balón,
llenos con pequeñas monedas de plata, de 1995.
Observo al sur y creo que me hizo falta jugar
con las fichas que nunca armé y el rompecabezas que rompí,
Digo que me hizo falta darle dos vueltas más
al comedor del pánico,
huyendo por la última pilatuna del domingo.
Ya no se desprenden las fichas del parquet,
ni reparo asombrado sus patrones con alegría.
Ya no cantan los borrachos en sus cajas de cartón,
ni una mujer solterona los calla.
Ya no vacila un chisme con sus pies de pulpo,
subiendo y bajando por las escaleras de mármol,
ni el closet de la antigua casa se deja palpar con las miradas.
Extraño la contigüidad de la cocina y el baño,
y la duda sembrada en mí, por su interruptor doble;
extraño sus burlas ante mi falta de concentración,
y hacia mi afán repleto de hastío.
Añoro el olor del barro, y pasar el balón debajo de las llantas,
desperdiciando mi puntería.
Escucho la fiesta de los moscos en el cielo de los pinos,
dividiendo el aire con su perfume de resinas.
Exhumo las huellas del cerezo en mis ropas gastadas.
¡Habito el árbol que me ofrece sus ramas para el juego!
Y maldigo al niño que se cree dueño
porque lo sembró su padre, adoptivo en secreto…
Me pesan de recuerdos los bolsillos, llenos de cerezas gastadas,
de chocolatinas derretidas,
y envolturas doradas que me encantaban.
Escucho mis bolsillos al patear un balón,
llenos con pequeñas monedas de plata, de 1995.
Observo al sur y creo que me hizo falta jugar
con las fichas que nunca armé y el rompecabezas que rompí,
Digo que me hizo falta darle dos vueltas más
al comedor del pánico,
huyendo por la última pilatuna del domingo.
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