Évano
Libre, sin dioses.
A veces te deshaces en murciélagos
y te revoloteas tus adentros.
Te vuelves en lo que ellos ven,
en heces
sobre la sombra de lo que es
la luz que anda cada día su camino.
Decides liberar tu vuelo al eco
que desdibuja rostros y paisajes
al antojo de lo que llevas dentro.
Te vas en busca de farolas nicotinas
que vomitan sirimiris de alfileres en tu piel
y en las aceras de las cuevas de la noche.
Te empapas
y te rompes
y se abre
la tierra a cada paso que vas dando,
y mandas batallones de murciélagos
a los balcones donde
las bombillas
de las salas de estar se contraponen
al abismo
al que van tus pies.
Mientras caes,
crees que eres una caja
de cerillas mojada en la nocturna
lluvia de sombras de murciélagos;
que el humo del cigarro te rehúye
como la luna que perfila el faro
de un coche que titila en las montañas.
Te adhieres al cemento de la acera
del umbral de una puerta semiabierta
en la media noche de un bar casi vacío;
y eres un vaso de elefante,
un cigarrillo de Nerón que trata
de asfixiar al murciélago que invade
cuanto eres.
Y vuelves detectando en las paredes
grafitis que provienen de la Atlántida,
Llegas a casa con la sonrisa más falsa que Pujol
en una moneda catalana.
Los billetes te los sacó la chica
que pide para la máquina de música del bar,
y esa camarera de turno que tanto te gusta.
En tu sueño de murciélagos borrachos,
has ido a la nevera,
te has metido dentro,
y has construido con cubitos un iglú.
Desde allí ves a la huevera,
a la botella agria de la leche,
y a las fresas,
y a ese chocolate que no tomaste por la tarde.
Pero sigues oyendo
los golpes
y los ecos
de los murciélagos
en la puerta
de la nevera.
Quizá debiste
freír los huevos antes
y dejar la leche agria para los dos últimos versos;
derramar sobre las fresas
el chocolate de la tarde;
haberte bebido los cubitos
con un cubata en una orgía
y reponer las fuerzas
con murciélagos fritos.
Aquí, en los dos últimos versos, podrías arrojar la leche agria,
la mala leche que amamanta a los murciélagos.
y te revoloteas tus adentros.
Te vuelves en lo que ellos ven,
en heces
sobre la sombra de lo que es
la luz que anda cada día su camino.
Decides liberar tu vuelo al eco
que desdibuja rostros y paisajes
al antojo de lo que llevas dentro.
Te vas en busca de farolas nicotinas
que vomitan sirimiris de alfileres en tu piel
y en las aceras de las cuevas de la noche.
Te empapas
y te rompes
y se abre
la tierra a cada paso que vas dando,
y mandas batallones de murciélagos
a los balcones donde
las bombillas
de las salas de estar se contraponen
al abismo
al que van tus pies.
Mientras caes,
crees que eres una caja
de cerillas mojada en la nocturna
lluvia de sombras de murciélagos;
que el humo del cigarro te rehúye
como la luna que perfila el faro
de un coche que titila en las montañas.
Te adhieres al cemento de la acera
del umbral de una puerta semiabierta
en la media noche de un bar casi vacío;
y eres un vaso de elefante,
un cigarrillo de Nerón que trata
de asfixiar al murciélago que invade
cuanto eres.
Y vuelves detectando en las paredes
grafitis que provienen de la Atlántida,
Llegas a casa con la sonrisa más falsa que Pujol
en una moneda catalana.
Los billetes te los sacó la chica
que pide para la máquina de música del bar,
y esa camarera de turno que tanto te gusta.
En tu sueño de murciélagos borrachos,
has ido a la nevera,
te has metido dentro,
y has construido con cubitos un iglú.
Desde allí ves a la huevera,
a la botella agria de la leche,
y a las fresas,
y a ese chocolate que no tomaste por la tarde.
Pero sigues oyendo
los golpes
y los ecos
de los murciélagos
en la puerta
de la nevera.
Quizá debiste
freír los huevos antes
y dejar la leche agria para los dos últimos versos;
derramar sobre las fresas
el chocolate de la tarde;
haberte bebido los cubitos
con un cubata en una orgía
y reponer las fuerzas
con murciélagos fritos.
Aquí, en los dos últimos versos, podrías arrojar la leche agria,
la mala leche que amamanta a los murciélagos.
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