Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
Vosotros cuerpos de las sombras;
mirad cuándo llegáis con la pureza de la espuma
donde las gaviotas colman su sed ajena
recogiendo un mar desterrado de sal.
Cuerpos amplios, cuerpos negro, blancos,
azules de indeleble ternura que os arriesgáis
a la furia indomable de unos látigos como acero.
Tigres, leones, bandadas de pájaros os persiguen;
os dañan con los colmillos harapientos de la enmascarada muchedumbre.
Ah, cuántas heridas os sostiene la frente
y un yermo de dulzura en la boca;
mas la frente por si sola se vierte al arroyo blanco
donde los enebros con el rubor amplísimo de un espejo
regenera la creación: amarse y amarse
hasta el rumoroso fuego del aire.
Pero no entendáis que el acero oxidado de unos brazos
es sólo eso: dos cuerpos vivos, hermosos,
del color de un beso sollozando en la distancia
un plan delicado;
un abrazo no sólo nombra el verbo desesperadamente
y hace inventario de las tibias cenizas
de un volcán como la sangre;
un abrazo extiende el todo con el empeño máximo
por germinar en las calles mansas de unos pechos entreabiertos.
Un abrazo no se despeña cada día, desanimado en la aurora,
para luego recobrar el vuelo con el viento a favor misteriosamente.
Vosotros, cuerpos, sostened los abrazos cuidadosamente
deshaciendo unas lunas lejanas sobre el manto arado del horizonte
Enhebrad las respuestas con las fiebres
de aquellas jóvenes doncellas sin cobrar un tributo al tiempo.
mirad cuándo llegáis con la pureza de la espuma
donde las gaviotas colman su sed ajena
recogiendo un mar desterrado de sal.
Cuerpos amplios, cuerpos negro, blancos,
azules de indeleble ternura que os arriesgáis
a la furia indomable de unos látigos como acero.
Tigres, leones, bandadas de pájaros os persiguen;
os dañan con los colmillos harapientos de la enmascarada muchedumbre.
Ah, cuántas heridas os sostiene la frente
y un yermo de dulzura en la boca;
mas la frente por si sola se vierte al arroyo blanco
donde los enebros con el rubor amplísimo de un espejo
regenera la creación: amarse y amarse
hasta el rumoroso fuego del aire.
Pero no entendáis que el acero oxidado de unos brazos
es sólo eso: dos cuerpos vivos, hermosos,
del color de un beso sollozando en la distancia
un plan delicado;
un abrazo no sólo nombra el verbo desesperadamente
y hace inventario de las tibias cenizas
de un volcán como la sangre;
un abrazo extiende el todo con el empeño máximo
por germinar en las calles mansas de unos pechos entreabiertos.
Un abrazo no se despeña cada día, desanimado en la aurora,
para luego recobrar el vuelo con el viento a favor misteriosamente.
Vosotros, cuerpos, sostened los abrazos cuidadosamente
deshaciendo unas lunas lejanas sobre el manto arado del horizonte
Enhebrad las respuestas con las fiebres
de aquellas jóvenes doncellas sin cobrar un tributo al tiempo.
Última edición: