Évano
Libre, sin dioses.
Después de una vida sales de la escuela,
pero ahora estás
detrás de las vallas del patio,
donde éramos alrededor del ser que nos llamaba
con el color de su cuerpo al deslizar el recreo;
con el sabor de su cielo en el aire
y el olor a inocencia y deseo
pululando el entorno etéreo.
Volverías con los ojos cerrados,
me dices,
y yo callo
y te miro
y pienso
y me digo
en silencio
que volvería con los mismos,
que tú no te has cansado todavía
de abrazar a las carnes de tu paso,
que sigues buscando a quien llene
aquellos colores que abrías al mover el patio,
aquel olor de ángel sentado en el pupitre,
a ese sabor a vida de pan y chocolate
bebiendo en la fuente del sudor de la alegría.
Sales de la escuela donde ahora eres tus hijos,
pero ya no te acuerdas,
casi no eres.
Me lo dice la permanente de tu pelo,
las gafas de sol,
tu voz de tabaco,
la mirada incierta,
el vacío de tus pasos
y el aire y el viento que cierran
un avance
que no se abre y baila como entonces.
Me lo dicen las prisas
yendo a ninguna parte.
Ahora estás
detrás de las rejas
del patio donde fuimos.
Yo nunca pude salir,
quizá no quise,
quizá continúo esperando
a volver a sentir la savia del árbol en el aire,
el sudor del juego recorrernos con un viento
aposentado en la piel para siempre;
a oler otra vez el big bang de tu cuerpo
y a ese universo perdido entre tus ojos
abarcar y engullir a cuanto entrara en él.
Una vida después
entras y sales de la escuela
donde has delegado en tus hijos
lo que eras.
No es lo mismo.
Crees en ellos ahora como dedos
rozando si quiera una parte de aquello.
Yo sigo paseando con mi perro
las mañanas del patio que rodeas
todos los días
a ciegas
mientras te buscas
y me buscas
con los dedos del miedo creciendo con el tiempo.
pero ahora estás
detrás de las vallas del patio,
donde éramos alrededor del ser que nos llamaba
con el color de su cuerpo al deslizar el recreo;
con el sabor de su cielo en el aire
y el olor a inocencia y deseo
pululando el entorno etéreo.
Volverías con los ojos cerrados,
me dices,
y yo callo
y te miro
y pienso
y me digo
en silencio
que volvería con los mismos,
que tú no te has cansado todavía
de abrazar a las carnes de tu paso,
que sigues buscando a quien llene
aquellos colores que abrías al mover el patio,
aquel olor de ángel sentado en el pupitre,
a ese sabor a vida de pan y chocolate
bebiendo en la fuente del sudor de la alegría.
Sales de la escuela donde ahora eres tus hijos,
pero ya no te acuerdas,
casi no eres.
Me lo dice la permanente de tu pelo,
las gafas de sol,
tu voz de tabaco,
la mirada incierta,
el vacío de tus pasos
y el aire y el viento que cierran
un avance
que no se abre y baila como entonces.
Me lo dicen las prisas
yendo a ninguna parte.
Ahora estás
detrás de las rejas
del patio donde fuimos.
Yo nunca pude salir,
quizá no quise,
quizá continúo esperando
a volver a sentir la savia del árbol en el aire,
el sudor del juego recorrernos con un viento
aposentado en la piel para siempre;
a oler otra vez el big bang de tu cuerpo
y a ese universo perdido entre tus ojos
abarcar y engullir a cuanto entrara en él.
Una vida después
entras y sales de la escuela
donde has delegado en tus hijos
lo que eras.
No es lo mismo.
Crees en ellos ahora como dedos
rozando si quiera una parte de aquello.
Yo sigo paseando con mi perro
las mañanas del patio que rodeas
todos los días
a ciegas
mientras te buscas
y me buscas
con los dedos del miedo creciendo con el tiempo.
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