Eme Singer
Poeta recién llegado
Dijo: "algún día compraré un 600. Y pasaré a buscarte".
Con un punto y final de revancha. O de comienzo.
Sonando a promesa más formal,
que las que se dicen ante los altares.
Entonces, el viento voló entre su pelo negro
y alguien apagaba la luz de un dormitorio.
Siempre quedarán estaciones repletas
y vacías,
pero desde entonces yo duermo con la ventana abierta,
por si algún día, de nuevo
vuelve a tirar piedras la suerte.
Y ese día llegó,
y un destello blanco cruzó sigiloso mi calle.
Abrimos una puerta,
y cerramos la ventana. Ya era invierno.
Y el frío se colaba entre versos de Machado
y una Castilla resentida de tanta tierra seca.
La lluvia siempre se hace de rogar,
como buen milagro.
Dentro del 600,
la música, su voz y una guitarra prestada.
Ciento siete historias para una carretera
que se antojaba infinita en el horizonte.
Quisimos parar en cada gasolinera,
compramos tabaco y agua embotellada,
un puñado de chicles para los nervios
y algún que otro beso tímido
para acallar los vuelcos del estómago.
Sólo teníamos hambre de intimidad,
y algo suelto en los bolsillos del abrigo,
aparcamos en una esquina aquella carretera.
Un cartel que en otro tiempo se iluminaba majestuoso
nos invitó a entrar.
Coro de camiones en la entrada,
murmullo de voces ajenas a nuestra historia,
comida casera en la cena,
manteles de cuadros,
y vino contado por botellas.
Un pasillo largo y con luces amarillentas
parecía un pueblo que se enciende en la lejanía.
Una llave solitaria colgando de un trozo de madera.
Y en esa madera, grabado un número a punta de navaja,
como el mejor de los atracos.
Alquilamos unos metros por una noche.
Pocos.
Los justos.
Los necesarios.
Un sonar quejumbroso, y enfrente una mesita con una tarjeta de servicios hipotecados.
Un teléfono antiguo,
una televisión por monedas.
Encima, una antena de metal, torcida hacia la izquierda.
La pequeña bolsa que cae sobre una moqueta verde y roja,
cansada de la misma historia de siempre.
Aquella cama que esperaba tu cuerpo...
...
Después, como siempre, sin darnos cuenta, se nos hizo de día.
Café solo y acompañado para desayunar,
pan tostado, y algo de aceite.
Sonrisas de bobos que cuentan demasiadas verdades.
De nuevo,
nuestra carretera y la manta de tus abrazos.
Fingimos que nada había pasado,
pero prometimos no olvidarlo nunca.
Se desperezaba el día y el coche nos saludaba a lo lejos.
Atrás dejamos la vieja moqueta verde y roja,
la televisión a monedas,
la tarjeta de la mesilla seguiría esperando.
Volvieron a sonar versos de Machado, Neruda y Benedetti.
Tu acento recitando ideales y promesas.
Y aquello de tu nombre con x.
Nada nos esperaba,
excepto la felicidad,
que un día apareció con tus ojos
tirando piedras a mi ventana.
Metiste primera
y juramos volver.
Con un punto y final de revancha. O de comienzo.
Sonando a promesa más formal,
que las que se dicen ante los altares.
Entonces, el viento voló entre su pelo negro
y alguien apagaba la luz de un dormitorio.
Siempre quedarán estaciones repletas
y vacías,
pero desde entonces yo duermo con la ventana abierta,
por si algún día, de nuevo
vuelve a tirar piedras la suerte.
Y ese día llegó,
y un destello blanco cruzó sigiloso mi calle.
Abrimos una puerta,
y cerramos la ventana. Ya era invierno.
Y el frío se colaba entre versos de Machado
y una Castilla resentida de tanta tierra seca.
La lluvia siempre se hace de rogar,
como buen milagro.
Dentro del 600,
la música, su voz y una guitarra prestada.
Ciento siete historias para una carretera
que se antojaba infinita en el horizonte.
Quisimos parar en cada gasolinera,
compramos tabaco y agua embotellada,
un puñado de chicles para los nervios
y algún que otro beso tímido
para acallar los vuelcos del estómago.
Sólo teníamos hambre de intimidad,
y algo suelto en los bolsillos del abrigo,
aparcamos en una esquina aquella carretera.
Un cartel que en otro tiempo se iluminaba majestuoso
nos invitó a entrar.
Coro de camiones en la entrada,
murmullo de voces ajenas a nuestra historia,
comida casera en la cena,
manteles de cuadros,
y vino contado por botellas.
Un pasillo largo y con luces amarillentas
parecía un pueblo que se enciende en la lejanía.
Una llave solitaria colgando de un trozo de madera.
Y en esa madera, grabado un número a punta de navaja,
como el mejor de los atracos.
Alquilamos unos metros por una noche.
Pocos.
Los justos.
Los necesarios.
Un sonar quejumbroso, y enfrente una mesita con una tarjeta de servicios hipotecados.
Un teléfono antiguo,
una televisión por monedas.
Encima, una antena de metal, torcida hacia la izquierda.
La pequeña bolsa que cae sobre una moqueta verde y roja,
cansada de la misma historia de siempre.
Aquella cama que esperaba tu cuerpo...
...
Después, como siempre, sin darnos cuenta, se nos hizo de día.
Café solo y acompañado para desayunar,
pan tostado, y algo de aceite.
Sonrisas de bobos que cuentan demasiadas verdades.
De nuevo,
nuestra carretera y la manta de tus abrazos.
Fingimos que nada había pasado,
pero prometimos no olvidarlo nunca.
Se desperezaba el día y el coche nos saludaba a lo lejos.
Atrás dejamos la vieja moqueta verde y roja,
la televisión a monedas,
la tarjeta de la mesilla seguiría esperando.
Volvieron a sonar versos de Machado, Neruda y Benedetti.
Tu acento recitando ideales y promesas.
Y aquello de tu nombre con x.
Nada nos esperaba,
excepto la felicidad,
que un día apareció con tus ojos
tirando piedras a mi ventana.
Metiste primera
y juramos volver.