Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
RESPLANDOR DE SILENCIOS
Glóbulos de silencio asaltan el sonido, lo asedian.
Cada roce de lija,
todo inclemente goteo de llovizna,
el temblor en la hoja sobre el tambor sibilante;
gránulos, guijarros
lanzados al vitral
rompen la memoria de un rayo inatrapable.
En los oídos despierta el guardián,
nos rescata
de la ígnea pesadilla.
Llanuras, claridades,
donde reposan larvas y capullos ovillan,
ínfimas semillas, finísimos corpúsculos
que como enemas implosionan el latido,
maceran el instante.
Cuencos, aljibes, alcancías,
allí el sosiego combate,
el monocorde ejército
un rapto entre almohadas y cobijas.
Pasadizos y túneles
atrapan los arpegios de la egregia sinfonía.
Infinitos portales la luz restallan,
saltos ascienden en curvilínea sintonía.
¿Cuántos países reverberando bajo la mansa beatitud de la música?
Adentro, muy quedo,
un chasquido de dados,
un retozar de monedas.
Tropeles de silencios,
galope de trompos en los sentidos.
Furiosa danza -afuera-
la algazara de la vida.
Glóbulos de silencio asaltan el sonido, lo asedian.
Cada roce de lija,
todo inclemente goteo de llovizna,
el temblor en la hoja sobre el tambor sibilante;
gránulos, guijarros
lanzados al vitral
rompen la memoria de un rayo inatrapable.
En los oídos despierta el guardián,
nos rescata
de la ígnea pesadilla.
Llanuras, claridades,
donde reposan larvas y capullos ovillan,
ínfimas semillas, finísimos corpúsculos
que como enemas implosionan el latido,
maceran el instante.
Cuencos, aljibes, alcancías,
allí el sosiego combate,
el monocorde ejército
un rapto entre almohadas y cobijas.
Pasadizos y túneles
atrapan los arpegios de la egregia sinfonía.
Infinitos portales la luz restallan,
saltos ascienden en curvilínea sintonía.
¿Cuántos países reverberando bajo la mansa beatitud de la música?
Adentro, muy quedo,
un chasquido de dados,
un retozar de monedas.
Tropeles de silencios,
galope de trompos en los sentidos.
Furiosa danza -afuera-
la algazara de la vida.