Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
MEMORIAJES
No me olvido de nada, ni de las guerras, ni de los paraísos.
Casimiro de Brito
Todo tiene en mí memoria.
No transita aquí la fugacidad del recuerdo
fastidiosamente lejos de la fuente que se agota,
ni tampoco la fragancia extraviada en vagos baúles
de la infancia, no;
sino la reserva de las construcciones,
las evaporaciones de un misterio.
Todo lo humano es rito y costumbre,
en su bemol sabor escudriña la vida
encontrando ignotas emociones
que ahora absorben labias
y releen las reversas circunvalaciones del sueño.
Reminiscencia de la fiesta;
el ayer sigue siendo apasionamiento del presente,
solo perdura lo que es dado a partir de la siembra en las cosas,
en la belleza que esconde sus finas aristas,
en la observancia de la ley que afina sus filosos granates.
Perduración de las formas, las siluetas persisten
siendo asombro y hallazgo del que pasa
asomándose a las honduras del espejo.
Asomos de huellas lavan el camino
y torturan un sortilegio al mencionar los nombres.
Todo deja su huella, su iris, su fardo
de lamas que atraviesan las comisuras del orbe.
Ya la tierra reclamó su candor de madre.
Espera agudo el gusano, anticipa
su relamido escozor de lumbre
para quien todo acaba en la última línea
de su escrito postrero.
No me olvido de nada, ni de las guerras, ni de los paraísos.
Casimiro de Brito
Todo tiene en mí memoria.
No transita aquí la fugacidad del recuerdo
fastidiosamente lejos de la fuente que se agota,
ni tampoco la fragancia extraviada en vagos baúles
de la infancia, no;
sino la reserva de las construcciones,
las evaporaciones de un misterio.
Todo lo humano es rito y costumbre,
en su bemol sabor escudriña la vida
encontrando ignotas emociones
que ahora absorben labias
y releen las reversas circunvalaciones del sueño.
Reminiscencia de la fiesta;
el ayer sigue siendo apasionamiento del presente,
solo perdura lo que es dado a partir de la siembra en las cosas,
en la belleza que esconde sus finas aristas,
en la observancia de la ley que afina sus filosos granates.
Perduración de las formas, las siluetas persisten
siendo asombro y hallazgo del que pasa
asomándose a las honduras del espejo.
Asomos de huellas lavan el camino
y torturan un sortilegio al mencionar los nombres.
Todo deja su huella, su iris, su fardo
de lamas que atraviesan las comisuras del orbe.
Ya la tierra reclamó su candor de madre.
Espera agudo el gusano, anticipa
su relamido escozor de lumbre
para quien todo acaba en la última línea
de su escrito postrero.
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