Ricardo Llamosas
Poeta recién llegado
Rendidos lleva el mundo en tus exquisitos hacedores,
cuando el asombro del tiempo olfateó femeninos surgiendo
tu raza de Diosa, que así el hacedor forjó.
La intolerable historia enrevesando tu alma infinita
los cobardes de hombre atreviéndote hostiles,
quienes no pudimos soportar fueses magia del universo.
Y te rompió el varón con sus intrigas acomplejadas,
si indignos somos de tu vientre por excelso anfitrión,
apenas roedores sobrecogiendo a las madres del mundo.
Honores te rindo mujer, de los divinos cogiéndote,
aunque me asuste el perdón que así te imploro
por ser solo voz mía, y no hierro candente de tu castigo.
¡Justicia! salivan las piedras en tu defensa,
testigos eternos de nuestra ignominia triscándote.
¡Venganza! también clama la flor ensangrentada,
cuando pisoteamos tus pétalos de ninfa aterida.
Oscuridad esa, aún aterradora hacia ti,
en esta época de todavía gusanos en hombre,
del que prefiero morir, si enmendarme suplicases.
Y malo yo y los nuestros por naturaleza
estigma castigo en ruta de conciencia pútrida,
de la que hacemos gala ancestralmente.
No tengo lagrimas puras ya a verter por ti, mujer,
solo vergüenza de hombre por pasado acechador,
y permite corrija los terribles pantanosos
ganándote con respeto y admiración absoluta.
cuando el asombro del tiempo olfateó femeninos surgiendo
tu raza de Diosa, que así el hacedor forjó.
La intolerable historia enrevesando tu alma infinita
los cobardes de hombre atreviéndote hostiles,
quienes no pudimos soportar fueses magia del universo.
Y te rompió el varón con sus intrigas acomplejadas,
si indignos somos de tu vientre por excelso anfitrión,
apenas roedores sobrecogiendo a las madres del mundo.
Honores te rindo mujer, de los divinos cogiéndote,
aunque me asuste el perdón que así te imploro
por ser solo voz mía, y no hierro candente de tu castigo.
¡Justicia! salivan las piedras en tu defensa,
testigos eternos de nuestra ignominia triscándote.
¡Venganza! también clama la flor ensangrentada,
cuando pisoteamos tus pétalos de ninfa aterida.
Oscuridad esa, aún aterradora hacia ti,
en esta época de todavía gusanos en hombre,
del que prefiero morir, si enmendarme suplicases.
Y malo yo y los nuestros por naturaleza
estigma castigo en ruta de conciencia pútrida,
de la que hacemos gala ancestralmente.
No tengo lagrimas puras ya a verter por ti, mujer,
solo vergüenza de hombre por pasado acechador,
y permite corrija los terribles pantanosos
ganándote con respeto y admiración absoluta.